03, Mar 2017

Risoterapia

EL AUTOR

José Antonio Luna

Mi risoterapeuta personal me recomienda enfocar la vida desde un ángulo positivo. ¡Basta ya mi Toño de ver las cosas del carajo!. Sí, Chucha y ¿cómo? si en este país lo del toreo es un esperpento inagotable de plaza en plaza y de arena en arena. Pero, bueno. Eso por un lado y por el otro, supongo que a ustedes lectores, ya los tendré hasta la coronilla de tanta denuncia del absurdo, así que, a partir de hoy me abstendré.

Lo prometo. Desde este día dejaré de ser un marginal del toreo, un aguafiestas al que nada le parece. Consentiré sin chistar las irregularidades, porque estas pasan a formar parte del paisaje y uno debe aceptarlas como la cosa más natural del mundo:

-La de México es otra fiesta, mi Toño, y si no te gusta, vete a vivir a la andanada de Las Ventas.

O como la enorme respuesta antes de terminar su conferencia que me dio el matador Portillo, cuando fue líder sindical de los toreros, al cuestionarlo sobre el tamaño de la puya nacional: “Señor, yo le recomiendo que si no le gusta, deje usted de ir a los toros”. Llevado por mi cándida afición, tardé en entender que estaba yo pidiendo al gato que defendiera a los ratones, pero el consejo era terapéutico. Si lo hubiera seguido a tiempo, ¡cuánto me hubiera ahorrado en sicólogos, risoterapias y omeprazoles!

Nada, nunca es tarde, hoy enmiendo, vuelta a la hoja. Seré positivo y no caeré en la tentación de escribir, por decir algo, acerca del retorno a los ruedos del diestro Rafael Ortega. Como dijo el poeta, cada despedida encierra la posibilidad de un reencuentro. ¡Zotoluco, no tardes mucho! Porque me quiero reivindicar no les contaré que en Tlaxcala, la noche del regreso, el segundo toro de Ortega tenía estampa de becerro y los pitones parecía que pasaron por un aserradero, pero como explican algunos entendidos, los chiqueros de esa plaza son muy estrechos y durante el tiempo que están encerrados, los toros matan las horas serruchándose los pitacos.

Ahora, soy del club de los optimistas y me hago de la vista gorda, por ello, tampoco les diré que el domingo en la Plaza México, la ganadería de La Estancia envío media docena de mulos descastados con estampa de novillos. Respiro hondo y pienso en algo alegre para no decirles que Ignacio Garibay, Arturo Macías y Fermín Rivera, a pesar de sus años de portar coleta, insistieron en conseguir el toreo bonito sin entender que a los bichos había que plantarles jeta lidiándolos por la cara, doblarse con ellos cuatro o cinco trapazos y mandarlos al otro mundo sin más trámite que una estocada en todo lo alto.

Como parte de esta terapia voy a emprender acciones emergentes. Primero, dejaré de poner atención a la Plaza México y me dedicaré a los pueblos y ciudades pequeñas, donde los toreros se transforman y triunfan apoteósicamente semana a semana. Si no me creen, el lunes que quieran echen un vistazo a los portales taurinos: ¡Fulanito sale a hombros en Autlán!, ¡Morenito corta rabo en Chinconcuac! O sea, esas sí son corridas triunfales que te alejan de toda frustración y te permiten desgañitarte a gritos de ¡torero, torero!.

Como segunda parte del remedio, veré la vida de manera positiva, “¡that’s the question!”, mi Shakespeare. ¡Aplicación de técnicas sicológicas de urgencia!, por ejemplo, durante el megapuyazo artero a un becerrete, cerraré los ojos y voy a imaginar que estoy en Arlés, o Vic-Fesenzac mirando una vara en todo lo alto y bien pegada a cargo del picador Gabin Rehabi a un toro de cinco años, cornalón y fuerte de Dolores Aguirre. Con esa estrategia, como una caldera suelta el vapor, yo dejaré escapar mi trauma.

Y como tercer paso, apelo a la indulgencia. Voy a alejarme de tanta severidad y veré las cosas con alegría. Quiero ser un espectador jovial y vivaracho, que se sume sin tanto juicio y con más ánimo. Incorporado a la tribu que ovaciona delirante, tendré un enfoque festivo. Adiós al marginal que sin comprender ni la magnitud de la obra ni lo descomunal del triunfo que acaba de ver, amargado y lleno de angustia vital, miraba receloso a sus vecinos pensando en la madre que los parió, mientras clamaba a los cielos: ¡Dios mío, envía a tu ángel exterminador!.

 

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