07, Mar 2017

Ya no quiero saber

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

No sé si en realidad me interesa saber el nombre de todas las cosas. No sé si cuando los niños preguntan, sabemos responder lo que quieren saber y entonces los atiborramos de una mala síntesis de aquello que con nuestros muchos años hemos aprendido a definir.

Recuerdo en mi clase de Metafísica (que nada tiene qué ver con lo que los vanguardistas del esoterismo identifican con ese nombre).

Recuerdo, decía, que mi profesor relataba que su pequeño hijo de tres años, de buenas a primeras le espetó la pregunta: “¿Cómo nacen los niños?”.

Por supuesto que el padre se quedó estupefacto ante esa pregunta; hecha por un pequeño de esa edad. Por supuesto, también, el padre hizo acopio de todas las enseñanzas que había adquirido y empezó a articularlas para dar una respuesta certera: vino a su mente el ejemplo tradicional de las abejitas y el polen y… bla, bla, bla…

Hasta que hizo el ejercicio de ubicarse en la edad, la experiencia del pequeño y la intención de su pregunta: ¿Qué es lo que realmente quería saber? De pronto, quien entendió la pregunta fue el padre y le respondió con sencillez: “Desnudos, los niños nacen desnudos”. Ah, dijo el pequeño, y se quedó satisfecho con la respuesta. Porque en realidad ese “cómo”, no era el “cómo” que habitualmente entendemos los adultos.

Cuántas veces nuestras respuestas cierran la posibilidad del espíritu de búsqueda, de la apertura a lo inefable, a la poesía. Mirar el cielo estrellado y comenzar a nombrar las constelaciones, los planetas, los años luz… Resulta “interesante” por llamarlo de alguna manera, pero tal vez, si así enseñamos la contemplación del espacio abierto a partir de su clasificación y de su definición exacta, no dejemos que ese espacio nos hable en silencio.

Enseñamos conceptos y aprendemos conceptos que desdeñan, incluso, la realidad humana. Milica (se pronuncia Militza) una joven serbia, relata que ella aprendió que los niños de quienes se ignora el origen paterno, se les llama bastardos. Relata que a sus cinco años supo que una de sus mejores amigas no sabía en realidad quién era su padre. Milica, con la naturalidad propia de su edad, preguntó a la pequeña: “… ¿Entonces, tú eres bastarda?”. Ya podremos imaginar el escándalo que a los maestros y a la madre de aquella niña ocasionó el hecho, cuando a su vez, preguntó si ella era bastarda.

La pregunta que me nace desde el abismo, no pretende despreciar el conocimiento preciso, sino, sinceramente, encontrar el sentido de ese afán por definir, conceptualizar, organizar y, al final, dar un esquema inamovible de la realidad.

Hoy, asistimos a una tormenta de ideas que nos permiten concentrar en un concepto realidades, que tienen muchas vertientes y muchas aristas desde las cuales pueden ser mirados.  

Hoy sabemos calificar a los “milenials”, sabemos en qué consiste ser “kidadult”, “nini”, etcétera.

Los conceptos englobantes y definitivos no dan paso a una reflexión, sino que se instalen en nuestros diccionarios mentales y los utilizamos para las conversaciones “de vanguardia”, sin darnos cuenta que giramos sobre un eje que se nos ha inoculado gracias a la proliferación y uso reiterado de conceptos englobantes.

No es algo nuevo: “naco”, “maricón”, “macho”… han sido también conceptos englobantes que la historia, y la dinámica misma de la vida ha puesto en el banquillo de los acusados, no en todas partes, lamentablemente.

Esos conceptos son el resultado de una actividad económica, diría nuestro filósofo Antonio Caso. Ese afán presente en los seres humanos por renunciar al problema que significa dejar siempre abierta la pregunta, intentando dar una respuesta definitiva. Usamos la escalera para alcanzar el bote de las galletas que está en el último estante, y después, nos olvidamos de la escalera. Así, operamos, en muchas ocasiones: usamos la escalera de la inteligencia para alcanzar un objeto y después, nos olvidamos de esa inteligencia en tanto no nos sea “productiva”.

Enseñamos, ya de adultos, a nuestros alumnos a utilizar fórmulas, algoritmos, estadísticas; para alcanzar el objetivo determinado. A utilizar herramientas de la comunicación: cámaras, mezcladoras, etcétera y renunciamos al placer de la búsqueda permanente, la que no se responde en conceptos, la que pertenece al ignorante que se inmortalizó en la figura del gran sabio Sócrates.

Y, por supuesto, quien más conceptos acumula en su cabeza o en su disco duro, tendrá más oportunidades de “brillar” o ser exitoso… Mientras, el silencio espera a ser escuchado.

No, tal vez, no me interese más, saber conceptos y definiciones.

Hasta la próxima.

franciscocamacho60@gmail.com

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