18, May 2017

La nueva casta “jacobina”

EL AUTOR

Rafael Alfaro Izarraraz

Hace unos días, uno de los principales dirigentes del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), Higinio Martínez Miranda, fue acusado públicamente de enriquecimiento “inexplicable”.

Se dijo que el monto de sus abundantes bienes provenía de su labor como alcalde de Texcoco; ahora ocupa ese cargo por segunda ocasión.

En otras palabras, se le estaba culpando de corrupción y manejo irregular de los recursos del Ayuntamiento.

Los señalamientos se dieron en el contexto de la campaña que poco a poco se va desempatando en las encuestas a favor de Delfina, la candidata del Morena a la gubernatura del Estado de México.

Poco efecto tuvo la acusación contra el alcalde morenista porque la situación en la entidad mexiquense va mal para el tricolor, que hasta en ello ha perdido punch.

Las denuncias que en el pasado ocasionaban una especie de desconfianza, ahora son leídas por la población con otros códigos.

Pero detrás de las acusaciones existen algunos aspectos que bien vale la pena valorar. Higinio tiene casas, ranchos, autos, terrenos y negocios que suman millones, muchos millones de pesos. Es difícil probar que en su conjunto tengan como origen la corrupción, aunque de que existe, existe, como se ha denunciado con respecto a los famosos descuentos a trabajadores del Ayuntamiento que, supuestamente, de manera “voluntaria” les fueron aplicados para ir a parar al grupo político que lidera Higinio.

Una buena parte de esos recursos es producto de una actividad a la que dio pie la reforma política hace algunas décadas: incorporar a la oposición partidista al sistema mexicano y corromperla con dinero.

La corrupción no tiene como origen, necesariamente, que los dirigentes se roben el dinero. De lo que se trata es de permitir que los actores políticos participen de un sistema que legitima la corrupción moral a través de hacerles llegar enormes fortunas durante su carrera.

Un líder partidista, al participar del sistema político mexicano, tiene acceso a un ente regulado donde el dinero, por millones, lo puede recibir sin que eso signifique corrupción en dicho plano.

A través de las reglas del sistema político-electoral se legitima la corrupción moral, pues están establecidas las normas a modo para que el dinero que se distribuya legalmente entre los que ocupan puestos de elección popular y el que se entrega a los partidos como prerrogativas.

La entrega de millones y millones del erario público se hizo con el pretexto de evitar que intereses ajenos influyeran en las decisiones de partidos, instituciones y los líderes.

Con ello se ocultó el papel que tiene el dinero en la vida cotidiana, más allá de servir de equivalente de lo que se compra: simboliza poder, seguridad, superioridad, certeza, estabilidad, etcétera.

Digo, no está mal, pero no es parejo y justo desde el punto de vista social. Pero sobre todo, simboliza una moral ajena a los valores desinteresados que deberían guiar a los políticos y su práctica.

Higinio Martínez Miranda, médico de profesión y sin especialidad, simboliza perfectamente a la nueva casta aristocrática partidista de supuesto origen popular, que teniendo como inicio a las capas de la población, ha logrado amasar una fortuna personal sin trabajar.

Es el tipo ideal con el que se pueden comprar miles y miles más y de todos los partidos políticos. Higinio es el ejemplo típico con el que se pueden medir cientos de miles de políticos mexicanos sin escrúpulos. Hasta el panismo tradicional fue doblado por la idea de recibir dinero de las arcas públicas.

Muchos “Higinios” ya fueron alcaldes. Pero también diputados locales, federales, senadores y, de nueva cuenta ediles, legisladores, senadores y regidores. El círculo del dinero. Durante todo ese tiempo reciben salarios como los que suelen ganar los integrantes de la partidocracia mexicana.

Higinio, durante la época cuando fue líder de la Cámara de Diputados de la entidad mexiquense, tuvo derecho de picaporte ante el gobernador Arturo Montiel Rojas, pero también a la administración de millones de pesos y megasalarios.

López Obrador ha dicho que luchará contra la corrupción en caso de ganar la presidencia. Se habrá dado cuenta que existe un tipo de corrupción moral que no es el robo, que esta es un sistema legalmente establecido donde, en apariencia, se castiga al que se excede por fuera de las reglas del juego, pero que en realidad cumple el papel de legitimar la inmoralidad de un sistema.

El discurso de los candidatos bien peinados, de que son “producto del esfuerzo”, “vienen desde abajo”, “fueron migrantes” ¿quién lo puede creer? Juan Zepeda (candidato del PRD a la gubernatura mexiquense), de dónde iba a obtener tantos recursos como para simplemente ser abanderado cuando todos sabemos que, con el corrupto sistema político, lo primero que debe mostrar un aspirante es tener dinero para invertir en su campaña.

Es verdad la acusación contra Higinio, pero no es otra cosa que el reflejo de la existencia de una clase que ha emergido de la reforma y del sistema que, como en el pasado, la religión o el Ejército, la política se ha convertido en una alternativa de ascenso social. Las ideas por el prójimo quedaron sepultadas ante los millones que amasan líderes partidistas.

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