07, Jun 2017

Hambre

EL AUTOR

Rafael Alfaro Izarraraz

Carlos Martín Huerta, conductor de un noticiero en la ciudad de Puebla, repetía a su auditorio que cada 4 días muere una persona por hambre. Lo anterior, en el contexto del evento “Puebla comparte”, donde participaron el Banco de Alimentos, institución patrocinada por la Iglesia Católica; el gobernador, Tony Gali; el presidente municipal, Luis Banck, así como actores relacionados con este fenómeno dramático.

Los datos de Huerta me parecieron exagerados, pero Ricardo Morales Sánchez, señaló hace tiempo que Puebla “ocupa también el cuarto lugar en muertes por hambre, con más de 8 mil casos registrados de 2000 a 2011, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática”.

Pero en ambos casos no me cuadran los datos. Al buscar más información, según información de La Jornada de Oriente, en una nota de 2013, se confirmaba lo expresado por Morales Sánchez:

“Puebla es el cuarto estado del país con la mayor cantidad de muertes por hambre, al contabilizar en 11 años 8 mil 11 personas fallecidas por desnutrición y 3 mil 561 más por anemia, de acuerdo con reportes del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), cuyas cifras señalan que la entidad tiene, además, una tasa de decesos infantiles de 12.4 por cada 100 mil menores, el doble que la media nacional de 5.4.”

La causa aparente de la muerte por hambre es no contar con alimentos. Se ensaña con niños, adultos e infantes.

Toda esta información se dio a conocer en el contexto del inicio de la Cruzada Nacional contra el Hambre, promovida por el gobierno federal en 2013, programa que inició en territorio zapatista.

De esta manera, un total de 247 mil personas tendrán –hipotéticamente– la posibilidad de comer en el futuro.

Volviendo al programa de Carlos Martín, el tema giró en torno a las personas con hambre, así como sus causas para vivir bajo esa condición. Los argumentos del auditorio fueron diversos: desde que se trata de gente floja, hasta quienes hacían un llamado a la sensibilidad social para apoyar el proyecto de “Puebla comparte”.

La frase que más me llamó la atención fue la del alcalde de la capital, Luis Banck, quien señaló que con estas acciones el hambre no debe ser vista como un destino inevitable. En otras palabras, se puede combatir con políticas como aquellas descritas en el evento que encabezaba.

Las acciones que se emprenden en algo ayudarán. Sin embargo, los estudios que existen sobre el hambre, particularmente al que le he dedicado varios años, dicen lo contrario.

El hambre siempre ha existido y una cruzada es solamente un paliativo que, al final de cuentas, nada resuelve.

Me preocupa porque acaban de celebrarse las elecciones en el Edomex. El PRI, supuestamente, “ganó”, con una elección de Estado en aquellos distritos rurales, precisamente, en donde la población ha sido clasificada con hambre por la federación y se empatan con los pueblos originarios.

Otro factor es que, como lo he mencionado, el hambre siempre ha existido y no es una casualidad. Está presente en los textos de la literatura griega, aunque los filósofos no quisieron dedicar sus reflexiones a un tema que para ellos estaba relacionado con lo físico.

Igual la encontramos en los documentos religiosos más antiguos, como El levítico. Adán y Eva son castigados por probar del árbol prohibido que, por cierto, en el medioevo se inventó se trataba de una manzana. Ellos son condenados así como sus descendientes a trabajar y ganarse el pan con el sudor de la frente.

Podemos recorrer todos los tiempos y lugares y el hambre aparece como un hecho emblemático de las sociedades que surgieron como resultado de actos de poder. Lo mismo en la sociedad feudal que en el capitalismo. Si consideramos el curso de la cultura occidental. Pero igualmente aparece en otras civilizaciones, en la India, en China o Mesoamérica y México.

La pregunta es: ¿por qué? Una conclusión de un trabajo que esperemos ya aparezca este fin de año, es: porque el hambre desde el punto de vista social es indispensable para condicionar la conducta de la población que, bajo esas características es más fácil manipular.

Las buenas conciencias no existen.

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