03, Jul 2017

Los hombres lavadora

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

Una pregunta recurrente que pretenden contestar los que saben y los que no sabemos, también, es si llegará el día en que la tecnología supla las actividades humanas.

Se me ocurre que mientras nos planteamos esa pregunta, paulatinamente vamos entregando a las máquinas nuestra humanidad. Y no me refiero al trillado comentario de que las tareas que antes hacíamos, hoy las hacen las computadoras o los modernos dispositivos.

Yo diría que hemos ido sufriendo una metamorfosis gradual y somos nosotros quienes nos vamos transformando en maquinarias. Lo más preocupante es que esa manera automatizada de nuestro comportamiento ha llegado a contaminar niveles realmente fundamentales de nuestra existencia.

Echemos un vistazo a la manera en que nos comportamos en distintos ámbitos.

A pesar de los esfuerzos por modificar los procesos educativos, en muchos centros de enseñanza se adiestra a niños y a jóvenes para responder reactivos preparados para otorgar un pase o una suspensión. Cuántas son las instituciones a las que los estudiantes acuden para adquirir un título, y los docentes imparten clases para cobrar un salario. 

Las entrevistas de trabajo tienen un formato tan conocido que ya existen tutoriales para que sepamos contestar preguntas prefabricadas como: “¿por qué cree usted que deberíamos darle el trabajo?” 

Las decisiones que deberían ser fundamentales, determinantes en nuestras vidas, se convierten en protocolos: la boda adquiere interés en su formato, en el número de invitados, en el menú. La contemplación de una obra artística, de un paisaje estremecedor, se captura en cámaras y posamos para la selfie, porque nuestra experiencia estética se diluye frente a la gran tentación programada de ser vistos por nuestros “contactos”.

Los explotados trabajadores de las grandes cadenas de comida rápida deben recitar toda una letanía de la que entienden la mínima parte, pero les permite no perder el empleo. Ya han recibido capacitación para ello. Ya han sido programados.

No damos limosna a un indigente porque fomentamos la vagancia. Aunque tampoco optamos por otro camino para ayudar al necesitado. El programa se cumple en la comodidad. 

Hasta los funerales deben ser cuidados conforme a los paquetes que nos ofrecen las agencias de acuerdo con “lo establecido”.

Los parámetros para juzgar si hemos triunfado en la vida se aplican como un cuestionario de admisión: quien ha estudiado, tiene una carrera, se ha casado, tiene una familia y ha logrado una situación estable para la vejez, es un hombre exitoso y bueno. El resto lo conforman aquellos a quienes hay que compadecer –en el mejor de los casos– o despreciar, –en el peor. 

Un programa, tras otro. Si los aprendemos a conciencia, llegamos a ser hombres de bien. 

Es por ello que la pregunta sobre si seremos sustituidos por las máquinas, me parece que pasa a segundo término cuando miro que somos nosotros quienes vamos, paso a paso convirtiéndonos en una de ellas. Incluso la palabra “disfunción” tiene algo de mecánico. Alguien disfuncional es alguien que no funciona. Tal cual… como las máquinas. Solo que se oiría mal decir que alguien está descompuesto o descompuesta. 

Aquí no termina mi inquietud: miro a muchos de mis hermanos, y a mí mismo como una lavadora automática, cuando se trata de tomar decisiones que, sabemos, exigen una reflexión.

Nos veo no como una simple máquina, sino como a una buena lavadora automática. Con muchos programas que se adaptan de acuerdo con las necesidades de limpieza de cada prenda: suave, delicada, intensa, centrifugada… Quienes nos “fabricaron” tuvieron mucho cuidado de no dejar fuera opciones y combinaciones de opciones.

Ante circunstancias que nos desconciertan, que interpelan nuestro interior, buscamos el programa que mejor se adecue para que “la ropa salga limpia”. No lavamos a mano, porque eso implica muchos riesgos, incluso el riesgo de que la ropa quede sucia. 

Vamos dejando de lado la reflexión y la crítica, para sustituirlas por programas compartidos por mayorías. Vamos siendo homogéneos, estandarizados. No tenía poca razón Ortega y Gasset cuando dijo que mientras más homogénea sea una sociedad, mejor resulta para las intenciones de los poderosos y peor para que cada ser humano se encuentre a sí mismo.

Hasta la próxima.

 

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