10, Jul 2017

Si muero lejos de ti

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

Hace 3 años que vivo alternativamente en México y en España. Cada regreso a México es una confrontación. Pero, no, no es ese tipo de confrontaciones en las que se dice “Ay, pobre de México, cuántas cosas no funcionan aquí, en cambio en Europa…”

Es como un encuentro con la diferencia. En estas épocas en las que se proclama tanto la diversidad, pienso que tendemos cada vez más a homologarnos o, como dice Ortega, a homogenizarnos, a buscar la comodidad y el mimo, y no a vivir la diferencia. 

Maravilloso es saber que no tienes que esperar un medio de transporte hasta que buenamente se le ocurra al conductor llegar a la parada, o saber que el autobús no se frenará en una esquina cualquiera, sino en el lugar que se le ha asignado. Maravilloso es ver que las líneas peatonales son necesariamente —so pena de sanción—, respetadas por los automovilistas como por los peatones. Caminar a las 3 de la mañana sin el temor de que serás asaltado o agredido, es como un sueño. 

México tiene un espantoso sistema de transporte en muchas de sus regiones. En México no puedes caminar despreocupado a las tres de la mañana. 

En México los empleados de gobierno, no se someten a exámenes de oposición, ni, los ciudadanos requieren una certificación para poder poner un taller mecánico o una carpintería, lo cual minimizaría los abusos y la charlatanería en los oficios.

Somos un país corrupto y violento. Es verdad, pero tal vez tengamos, muchos de los mexicanos una virtud: queremos no ser así. Y ese no querer ser así corre por las venas de quienes se levantan todos los días a las 5 de la mañana para preparar los tamales que se venderán en las estaciones del metro a otros tantos que recorrerán kilómetros para llegar a sus trabajos. En las venas de los que descargan cebollas a las tres de la mañana en La Merced, de los que llevan adormilados a sus pequeños a las escuelas donde ni siquiera saben si su profesor dará clases o estará marchando. No querer ser así, sin embargo, no alcanza su objetivo, porque si hoy no hay de comer, y hay quien da una despensa a cambio de un voto, de un “hacerse de la vista gorda”, muchos aceptarán el trueque. Y no se les puede tachar de deshonestos o corruptos. 

Es cierto que frente a esos miles que “no queremos ser así”, hay quienes quieren ser así y dan la vida por no cambiar, no perder “el hueso” y la mordida. 

En qué momento, me pregunto, proliferaron en las ciudades, en los pueblos, los criminales indolentes, los que anulan la vida del otro por un teléfono celular, o por el insulto recibido en el automóvil. En qué momento los políticos asumieron su plenipotencia y se arrogan derechos monárquicos trasnochados. Y la respuesta en el tiempo no la tengo, pero me queda claro que fue justo cuando perdimos la esperanza. 

Sin embargo, me he puesto a pensar: si nuestro país está tan deteriorado; si no tiene ese nivel de civilización que tienen los países europeos, ¿por qué hay cientos, miles de personas europeas que prefieren renunciar a las bondades de sus civilizaciones y vivir aquí?

Se me ocurre que es porque las carencias forjan la lucha. Se me ocurre que es envidiable la precisión y el orden en ciertas civilizaciones. Lo que no es envidiable es llegar a un punto muerto en la búsqueda, porque todo está resuelto. Y al pensar esto creo que la manera en que una sociedad conquista al extranjero es desde el reto. Quien pisa y respira nuestras dolencias, si abre su corazón sabe que hay un llamado constante, una invitación a crear respuestas, porque con todo, y con todos los que se apoltronan en su cinismo y corrupción, también hay un pueblo que quiere sonreír, y se deja horas de su tiempo en encontrar motivos para esa sonrisa.

Me confronta la diferencia de los pueblos y yo, en lo particular, prefiero trabajar para resolver, que mecerme en la comodidad de lo resuelto.

Hasta la próxima. 

 

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