19, Jul 2017

La cárcel

EL AUTOR

Rafael Alfaro Izarraraz

La idea de suprimir la libertad individual de ciertas personas no es algo que se encuentre en el ADN del organismo clasificado como humano del cuerpo.

Ningún ser vivo, a excepción de los humanos, construye sobre un espacio, como por ejemplo un nido, cueva o algún hoyo en la tierra, con el fin de encerrar ahí a un miembro de tal o cual especie, con el fin de imponerle un castigo por no cumplir con las reglas del grupo.

La razón es que los seres vivos, a excepción de los humanos, viven con un ADN que les hace actuar con mecanismos que los predisponen a ciertas actividades casi inmutables. 

A ninguna hembra leona se le ocurriría meter a la cárcel al león que, después de la caza de un alce, llega a disfrutar del animal cazado antes por ellas. 

Es absolutamente humano el invento y la creación de las cárceles, de un sistema legal y de un cuerpo burocrático encargado de llevar a cabo la suspensión temporal o total de la libertad personal. 

El surgimiento de los sistemas carcelarios es un hecho cultural que fue creado y montado por los humanos en sus aspectos materiales e ideológicos.

Pero una cosa es cierta. Tanto las normas mitológicas, teológicas o jurídicas que castigan a los humanos fueron por lo general diseñadas para regular la vida de quienes, para decirlo de alguna manera, ocupan y han ocupado la parte baja de la escala social. No son aplicables, salvo excepciones, a los que las crean. 

Debido a esa razón, como dicen expertos en estos temas, las cárceles han cambiado al paso del tiempo así como las medidas que se toman en contra de quien se considera susceptible de ser enjuiciados, lo que no cambia es la idea de que deben existir castigos dirigidos a quienes quiebran o rompen el “orden imaginario”, como diría Harari. 

Ellos, los que ocupan la parte alta de la escala social, dice Nietzsche, se juzgan entre ellos de manera diferente, y así lo muestra la historia. Nunca ha existido una cárcel en donde veamos a las clases altas purgar penas porque, por ejemplo decía San Agustín, el uso del dinero para obtener ganancias era considerado por la Iglesia como un pecado.

El cuerpo es algo imaginado socialmente, dice Certeau. Existen tantos cuerpos como culturas y, por tanto, tantas formas de castigar al cuerpo como sociedades diferentes. 

En la actualidad el castigo del cuerpo, la manera de disciplinarlo, en términos generales, ha pasado de sistemas cerrados a sistemas abiertos, también de acuerdo a Foucault.

El reciente proceso mediante el cual se han liberado a personas que cumplían (en algunos casos ni eso pero permanecían privados de su libertad) alguna sentencia, es parte de los nuevos mecanismos de castigo que los sistemas penales han puesto en práctica, ante el fracaso de los sistemas penales de corte disciplinario que consideraba al encierro como el mecanismo principal de solución.

El problema del Nuevo Sistema Penal liberatorio

Ahora, los sistemas disciplinarios de corte punitivo han transitado de sistemas cerrados a sistemas abiertos, y esto tiene una razón. Anteriormente, se sostenía que los sistemas de encierro eran fundamentales, porque era una medida para disciplinar a las personas: el incontrolable cuerpo forjado en ambientes campiranos era un problema para los sistemas industriales en los que las personas deberían pasar la mayor parte de su vida diaria.

La cárcel fue una herramienta fundamental de disciplinamiento. En varios países de Europa, entre ellos España y Francia, por medio de la cárcel, originalmente, se tenía cautiva a las personas para trasladarlas a las fábricas. No podían salir de las cárceles ni de las fábricas, como si aún vivieran en las áreas rurales de donde habían sido expulsados.

En la actualidad, el sistema industrial ha sido sustituido por el modelo de mercado financiero, comercial y de los servicios personales, sustentado en la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación. 

La disciplina de los cuerpos se debe ubicar en el ámbito social-abierto, de las ciudades modernas, las grandes avenidas comerciales, de la plaza, el centro comercial, la tienda de autoservicios, de venta de ropa, calzado, de la venta por catálogo y a domicilio, de los estudios a distancia, etcétera.

La disciplina se logra en los espacios abiertos, a través de los medios de comunicación de masas, de los dispositivos personales, del temor a la ola real de violencia, el crimen organizado, de los ataques supuestamente perpetrados por grupos terroristas, por el temor a los mal vestidos, a los musulmanes, la democracia que nunca ha resuelto nada, entre otros factores. 

Ya no es necesario el encierro que era parte de un sistema que tendía a disciplinar socialmente al conjunto, en donde la cárcel era un eslabón más de la cadena que se unía a la escuela, la casa a la que se llegaba a recuperar las energías utilizadas en el trabajo industrial, el centro psiquiátrico a donde se recluía a los desahuciados socialmente, hospitalario para recuperar a los enfermos y reinsertarlos en el sistema productivo. 

El problema de este Nuevo Sistema Penal liberatorio, es que existe un ambiente social que atemoriza, que obliga a la disciplina sin cárcel, pero que también es un escenario socialmente creado y muy susceptible de que tienda a reforzar pautas involutivas de la sociedad, mismas que se auspician desde el poder porque el sistema de mercado es contario a los compromisos sociales.

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