14, Ago 2017

Todo tiempo pasado… fue pasado

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

Hay una especie de conducta reiterada en los que llevamos muchos años en el planeta. Es una tendencia por mirar lo pasado como un universo ideal al que se quisiera regresar para vivir “como en aquellos tiempos que no eran como los de ahora”.

La memoria, creo, cuando va acumulando hechos, se vale de la ayuda del sentimiento. Concretamente del sentimiento de sentido. Perdón por esta combinación extraña de palabras. Pienso que el sentimiento de sentido es esa nostalgia que se va adhiriendo a nuestra alma y que nos exige una justificación de lo que hemos hecho hasta el momento. 

Y en esa búsqueda de justificar que la vida que hemos fabricado tiene un sentido, y que hemos cumplido nuestro papel, entonces acudimos a la añoranza. 

Usamos aquellas cantaletas que cuando éramos jóvenes, nos molestaban, tanto como nuestras cantaletas molestan a los jóvenes de hoy: “Cuando yo tenía tu edad… “, etcétera, etcétera.

Desde mi humilde mirada a esta historia mía que poco tiene de espectacular, cuando yo era joven, era tan impreciso en mis puntos de vista, tan seducido por el futuro inexistente y tan poco consciente de mi entorno, como lo puede ser cualquier joven actual.

Sin embargo, eso no significa que el entorno de mi ayer sea similar al entorno de hoy. 

Los hombres y las mujeres vamos creciendo en un determinado horizonte, rodeados de dificultades y facilidades creadas por nuestra cultura, a la que nosotros mismos abonamos paisajes, oportunidades u obstáculos.

Esa, me parece, es la diferencia entre la juventud actual, y la que vivimos los que hemos alcanzado o están por alcanzar media centuria en el mundo: los grados de dificultad para cumplir nuestro papel en el mundo, se van desvaneciendo en algunos sectores de nuestras sociedades.

Pareciera que ya hemos hecho la tarea de construir la historia: es verdad, hoy la mujer vota en una buena parte de las naciones que conforman el mundo; la homosexualidad ha dejado de ser una enfermedad mental; el indígena tiene derecho de salvaguardar su cultura; los medios de comunicación han sido sometidos al juicio de la libertad de expresión en el espacio cibernético; la lucha por los derechos de todos, es cada vez más decisiva…

Pero este retrato tan positivo de nuestro presente es real en una parte del planeta: en otra, el hambre, la explotación, la muerte, forman parte de la cotidianidad.

Por otra parte, estoy seguro de que no es equiparable el progreso tecnológico al progreso de la bondad humana, y no puedo creer ciegamente que la tecnología, a la que algunos tenemos acceso, nos hace mejores personas.

Sin embargo, creemos que ya no hay nada por hacer y la inercia se apodera de nuestros espacios. Estos que somos, adquirimos un grado muy conveniente de amnesia que nos hace olvidar que lo que conforma el mundo actual de la juventud, lo tejimos quienes ya no somos jóvenes. Que hemos crecido invirtiendo nuestra vida para fabricar un mundo donde las cosas sean fáciles.

Y ese es el punto que toca hoy a la reflexión que me haces el favor de leer. Lo fácil –ya lo logramos– ha llegado a la frontera de lo estúpido. 

Me parece que iniciamos la ruta inversa de la teoría darwiniana y vamos apresurados camino de regreso.

Perdona, apreciado lector, no puedo pensar de otra forma cuando veo que hay un juguete llamado spinner, –o peonza, en España– que mantiene a su poseedor con la mirada puesta en un rehilete. Que ese juguetito se vende en cientos de pesos y no requiere un mínimo de destreza, pero es la alternativa a los videojuegos. 

No puedo pensar de otra manera cuando la proliferación de la música de tres compases, o menos, es la que se difunde y conforma el acervo de muchos jóvenes en forma de reguetón o música banda, impidiendo cualquier otro horizonte musical y atrofiando la creatividad. 

Es verdad, este mundo fácil, casi simiesco, va en aumento y atrapando a un gran sector de nuestra sociedad y de nuestros jóvenes, mientras los dueños del mercado se apoderan del conocimiento formal para crear más herramientas cibernéticas ante las cuales podamos arrodillarnos. 

No, “mis tiempos” no eran mejores, pero me ofrecían retos que no han sido resueltos. Y eso, es lo que nos toca ofrecer a los jóvenes: retos para ser mejores personas, no un spinner.

Hasta la próxima.

 

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