29, Ago 2017

A mis queridos exalumnos, y a los nuevos “profesores”

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

Rosario Castellanos —deben saber quién es... deben—, pidió una vez perdón a Dios por atreverse a enseñar. Rosario pensaba que La Sabiduría se administra para llegar a las aulas, y no hay mayor responsabilidad que administrar una riqueza, de la cual, ella, una poeta reconocida mundialmente, no se sentía digna.

Debo decir que veo con tristeza en este impersonal mundo de los posteos que quienes han decidido solicitar un puesto de profesor en distintas disciplinas, suelen perder la humildad. 

Suelen creer que aquello que despreciaron cuando eran alumnos como era la lectura diaria y continuada, hoy se corrige con un gis, un power point y un pizarrón. Y con una lista desde la que pueden condenar o salvar.

Quedaron muchas obras por leer, ustedes y yo lo sabemos. Quedaron muchos compromisos auténticos pendientes. Se registraron los festejos por no tener clase. Se registraron aquellos pretextos en los que a cada profesor se le decía que no cumplían con la tarea porque "otra" les exigía tiempo. 

Cosas de juventud, dicen muchos. Y hoy, comentan que "están pagando sus culpas". No. los jóvenes que tenemos enfrente pagan nuestras culpas.

El pase de lista y las calificaciones son herramientas adyacentes, no imprescindibles, y a algunos les parece divertido, y con petulancia se ufanan de ser muy estrictos con sus alumnos y ponerles "límites y exigencias".

Deseo y quiero estar seguro que esa exigencia esté respaldada sobradamente con la corrección a la mala ortografía, a la desarticulada redacción, y al desdén hacia el ejercicio teórico que conocí en varios.

Ser profesor no es un puesto de poder privilegiado, es una tarea que si no se cumple, se suple con violencia y con corrupciones. Échenle un ojo a nuestro país.

Hoy, el profesor no da ninguna información: toda está en las redes. El profesor conoce esa información y la confronta con lecturas alternativas y ejercicios de criticidad. 

Deseo y quiero estar seguro que son conscientes que la teoría tan despreciada es indispensable y requiere un amplio espacio de silencio y reflexión. Y que la tecnología se aprende en el camino y es efímera. 

Aunque alumno significa "sin iluminación", y aunque hoy es una palabra de uso corriente, no es despectiva si se traduce como el que busca la iluminación. La busca; no se sienta a que se la den. ¿De verdad invitamos a esa búsqueda? ¿Con qué mapas? ¿Los de los medios actuales? ¿Reproduciendo lo cotidiano y trivial? 

El aula no nos hace profesores, al aula se llega con autoridad, y la autoridad es investigación permanente, y cuando no se tiene, se suple con poder. Poder de tareas desmedidas y no profundas; donde prevalece por encima del análisis y la conversión intelectual, la complicación técnica.  

El aula es un espacio de transformación personal, no un lugar de trámites y competencia entre quien califica y quien es calificado. Donde el que ocupa el pupitre espera su título, y el que imparte, espera la quincena. 

Todo esto es una tarea que solamente se alcanza con la esperanza, y vaya una breve distinción entre la esperanza y la expectativa.

Según las expectativas que anuncia la proliferación de pseudo escuelas y pseudo universidades, donde los alumnos acuden a comprar un certificado y los profesores a recibir su cheque, la expectativa de un cambio en la educación es lejana o casi imposible. Afortunadamente, la esperanza es ese resquicio de quienes saben “perder el tiempo” en el silencio que busca respuestas y saben que una universidad no es un centro de capacitación para encontrar trabajo, sino el espacio de la criticidad, la única herramienta de cambio.

Finalmente, y ahora me toca a mí. Sea este escrito un mea culpa si no logré despertar esas preguntas. Y sea también un intento de permanecer al lado de quienes deseo llamar colegas, colegas de búsqueda, no de ningún título. Que los títulos sirven para encabezar lo que de verdad está en el interior, y a veces, muchas, no tienen correspondencia.

Hasta la próxima. 

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