01, Sep 2017

La del coeficiente intelectual

EL AUTOR

José Antonio Luna

¡A por ellos! pensó el Miura mientras creía que estaba alucinando cuando el par de tontos, un hombre y una mujer, llegaron hasta los medios del ruedo gritando consignas en contra del toreo y moviendo los brazos. El novillo se disparó como una flecha centrando al que de los dos le pareció el menos sobrado de inteligencia, es decir, al más pendejo. Lo lanzó por los aires y ya en el suelo le pegó una paliza de espérame tantito. La señora -como se sabe, siempre más listas- mientras se manifestaba a brincos no dejó de vigilar con el rabillo del ojo y puso pies en polvareda en cuanto vio la arrancada, dejando a su compañero de luchas absurdas con un ¡ahí te ves! y que te arreglen bien tu asunto. El abandonar a un colega en situación comprometida, desde luego, es cosa que jamás haría la gente del toro.

El hombre, por su parte, dando la espalda al merengue de don Eduardo y don Antonio, creyó que estaba en un parque de diversiones y sin esperarlo, como un pino de boliche, recibió tremendo batacazo por la espalda  nivel te vas a enterar cuánto vale un peine. Después, el cornúpeta se ensañó con él revolcándolo mientras las cuadrillas se acomedían desganadas a hacer el quite. ¡Se lo hubieran dejado otro ratito!, exclamé mientras veía el video, riendo con el humanismo propio de todo individuo de mi calaña.

Fue hace unos días en el pueblo francés de Carcassonne, correspondía el turno al novillero español Mario Palacios cuando un colectivo antitaurino irrumpió en el callejón y como ya dije, los más bestias de la compañía se metieron al ruedo.

No es saña vengativa. Por lo general, me caen bien toda clase de contestatarios y aún más los defensores de los animales. Soy de los que aplaudo si al caminar por el monte se me atraviesa un conejo, una ardilla, una familia de codornices o me sobrevuela un halcón. Tengo la certeza de que todos los animalitos son más dignos de defensa y merecen mejor suerte que muchos malasangre que van por ahí apestando el mundo. Ya no soporto las peleas de gallos y nunca acepté las de perros. No me gusta la caza ni ir de pesca y con gusto entregaría a las huestes de Herodes al niño que apedrea pajaritos. Pero lo de los toros es otra cosa. Ni siquiera es una contradicción personal, porque como ya lo comprobó el antitaurino que protagonizó el video -“The Oscar goes to mister tonto”- los animales de lidia nacieron para eso, para la lidia. Así que sin corridas  -que como dijo Vargas Llosa, son uno de los espectáculos más bellos del mundo- desaparecería este tipo de ganado.

Lo que pasa es que lo acontecido en Carcassonne rebasa toda frontera. El par de activistas se adentró fiestero en los pantanosos terrenos de lo hartamente imbécil. Tal vez, por eso no sentí conmiseración alguna y lo confieso, la cogida al gabacho me provocó carcajadas perversas que me tiraron al suelo, pero, estarán de acuerdo que la risa impetuosa fue más que justificada, ¿no? Luego, ya más calmado fui tocado por la luz y me apiade. Sí, lo reconozco fui cruel, pero es que para meterse a un ruedo con un Miura campando en él, se necesita estar hasta las orejas de tequila, haberse fumado diez canutos o ser un imbécil tamaño extra-grande que se ha creído el cuento del pazguato ese llamado Ferdinando.

Al final, el hombre fue arrastrado hasta un burladero por un peón de brega y de inmediato, lo llevaron a un hospital donde fue sometido a varias pruebas. Salió bien de todas, menos de la del coeficiente intelectual.

 

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