14, Nov 2017

El ocaso de las universidades

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

Hay algunas frases que se oyen bien, pero nunca pueden ponerse en marcha porque lo impiden las deudas que hay que pagar; deudas al fisco, al banco, o lo que es peor, deudas políticas o de imagen.

Frases que suenan bien para la portada de un libro o para el título de algún artículo. Frases como la que a continuación cito y cuya autoría es de Umberto Eco:

“Las universidades tienen que ser los lugares del silencio para escuchar lo que el ruido del mercado de consumo, de la moda y de la agitación no dejan oír pero que es clamoroso…”

El problema de frases como esta que citamos es que se queda en algo que “suena bien”, por la fuerza de su crítica, por la síntesis de su demanda. Y como suena bien, se utiliza para abrir reuniones académicas, certámenes, graduaciones, entregas de premios, y es útil para que los dirigentes de no pocas universidades o asociaciones puedan ostentar con orgullo el nombramiento de socialmente responsables, o humanistas.

Realmente fascina la genialidad de tantas y tantas frases que por desgracia se convierten en slogan o, como ya dije, en trozos con los que se tejen lienzos remendados de discursos. Detengámonos a leer esta magistral síntesis de lo que el poeta Goethe es la educación.

“Si tomamos a los hombres tal y como son, los haremos peores de lo que son; en cambio, si los tratamos como si fuesen lo que debieran ser, los llevaremos ahí donde tienen que ser llevados…”

Son frases que sirven para construir discursos, pero pocas veces construyen o sirven de verdadera base a los planes y programas educativos. Mientras tanto, los anhelos vocacionales de los jóvenes que ingresan a las universidades, sufren una metamorfosis para convertirse en una preocupación: acreditar materias y, al final, obtener un título, pues, a pesar de que se dice que los millennials han cambiado sus horizontes de alcanzar un puesto y una posición social, por la movilidad, la aventura y el conocimiento de nuevos mundos; son muy pocos los que acceden a este sueño, a menos que provengan de familias que puedan proveerles de los medios necesarios, en tanto se abren sus propias oportunidades.

El mundo sigue estando en manos de unas cuantas empresas trasnacionales que dictan los parámetros desde los cuales se delinean los mapas curriculares en favor de garantizar a quienes ingresan a las universidades, mejores puestos y una gran demanda de sus conocimientos que “serán retribuidos porque serán exitosos”.

Frente a esta sumisión de las universidades a los intereses del mercado, algunas instituciones aseguran que forman a seres humanos comprometidos con el bien de la sociedad. 

A seres solidarios que ponderan el servicio, por encima del enriquecimiento. Una loable intención que se contrapone a los altos costos que supone ingresar a estas universidades y, por ende, a la proliferación de “universidades patito”, dispuestas siempre a ofrecer aprendizaje fácil, titulación casi inmediata y accesibilidad económica, para construir una síntesis lamentable: la universidad, así, en general, como entidad formadora de profesionales, paulatinamente va dejando de ser el espacio de reflexión sobre una realidad a la que pretende transformar, para convertirse en capacitadora que cumpla las expectativas de las empresas insertas en una economía de mercado despersonalizante promotora del consumo.

No son más las universidades los espacios silenciosos de los que habla Umberto Eco, son, por el contrario, espacios donde confluye la demanda de “mente de obra” que pueda ser absorbida, homogeneizada y altamente redituable.

Las instituciones que honesta o aparentemente se preocupan por la promoción del conocimiento al servicio a la sociedad reciben en sus aulas, alumnos con el honesto interés del saber para el crecimiento y otros cuya estabilidad económica está garantizada y buscan un título. Ante esta realidad aducen a su favor que “más vale dejar un gramo de conciencia, aunque sea en dos, de mil alumnos”.

Una inversión muy costosa, diría yo, que corre el peligro de asumir que no es posible generar desde sus raíces otras estructuras educativas. 

¿Será que Ivan Illich, el autor de “¿Por una sociedad desescolarizada”, tenga razón? Dice: “Apliquemos la aniquilación y volvamos a empezar”. Y si la tuviera, quiénes dejarían de apostar por el progreso tecnológico para apostar por el progreso humano. 

Hasta la próxima

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