“La voluntad de las partes es la suprema ley de los contratos”. Eso reza un principio del derecho, que decreta la importancia de los acuerdos entre dos o más personas.

En política, las cosas no son distintas, los acuerdos implican la voluntad de quienes pactan acuerdos con todas sus implicaciones.

Así las cosas, el domingo por la noche, la clase política nacional y, particularmente la poblana, dio por hecho un acuerdo entre Rafael Moreno Valle y Ricardo Anaya, el cual implicaba un pacto político que incluía la gubernatura de Puebla para la esposa del ex gobernador y también la senaduría y otros beneficios para Rafael.

Todo nos hizo pensar en un acuerdo de voluntades, salvo un pequeño detalle: que todas las señales provienen de una de las partes, la de Moreno Valle y ninguna de Ricardo Anaya. Ninguna.

Y si partimos de la base inicial de que para concretar acuerdos se requiere de las dos partes, tenemos que esta vez no hubo acuerdo, sino una declaración de intenciones de uno de los dos pares.

Ni más ni menos.

Veamos.

¿En algún fragmento del tuit de Rafael mencionó a Ricardo Anaya?

¿Por qué Anaya tardó más de 24 horas en responder tímidamente al tuit de Rafael?

¿Alguien se detuvo a pensar que Anaya estaba en Veracruz sin que pudiera haberse reunido con Rafael?

¿Por qué el morenovallista Luis Alberto Villarreal se quedó sin la candidatura de Guanajuato?

¿Por qué incondicionales de Rafael como Aurora Aguilar en Tlaxcala y Raúl Paz en Yucatán fueron relegados en sus aspiraciones al Senado?

¿Por qué Anaya respondió a Moreno Valle en una entrevista banquetera un día después y además externó que no había ningún acuerdo?

Evidentemente, la estrategia de Anaya de no sentarse a negociar con Rafael lo puso entre las cuerdas, le agotó el tiempo y lo obligó a declinar sin cerrar acuerdos.

Quienes leímos que había ya un pacto político nos equivocamos.

Hoy Anaya tiene la sartén por el mango y el perdón de Rafael está en sus manos.

El tiempo no dirá sí lo deja vivir o lo remata.

Veremos y diremos.