23, Ene 2018

¿Con quién estaríamos peor?

EL AUTOR

Francisco Camacho Marín

En medio de la guerra de opiniones en torno a la figura mesiánica que resolverá los problemas de México, decidí verter mi opinión en uno de esos comentarios que proliferan en Facebook y que hablan de “con quién estaríamos peor”.

No, como lo dije en este espacio, no creo en los mesías; no creo —hasta el momento—, en ninguno de los precandidatos a la presidencia. Todos y cada uno ha llegado al lugar en el que está por sus habilidades mal llamadas políticas.

Y digo mal llamadas porque la política es, o debería ser, la más alta expresión de la ética aplicada, y, hasta hoy, poco es lo que percibo como intención moral entre los que escalan puestos políticos y, menos aún, en los contenidos de sus discursos.

Pero dejando de lado el cuestionable compromiso social de los contendientes, me permito replicar ese comentario que hice en Facebook (con algunos -varios-  añadidos). 

Hay algunas acciones —algunas “muy simples”—, que no va a resolver ningún presidente: el respeto a las líneas peatonales, en favor de la convivencia y a la urbanidad, no por la amenaza de la multa; el respeto a los señalamientos en las carreteras y en las calles; la suciedad y el desorden que —estén donde estén, así se les asigne un lugar específico—, ocasionan los vendedores ambulantes y los consumidores.

¿Quién, sino cada uno, va a evitar las 45 toneladas de basura que se recogen los fines de semana en las playas del país?

Quién es el que va a crear la conciencia suficiente en aquellos que habitualmente piden palancas para obtener alguna prebenda o evadir alguna ley. Y, sin ser tachado de antidemocrático, ¿quién puede regular el lanzamiento de candidatos sin preparación y oportunistas que "favorecen la democracia"?

Qué presidente que “no atente contra la economía y la libre empresa” regulará el consumo desmedido de artefactos que no es posible reciclar, y la absurda e incontrolable proliferación de “plazas” comerciales, incluso en lugares que otrora fueron espacios verdes, así como la vergonzosa industria del agua embotellada.

Sin “afectar los logros sindicales” quién regulará la insensibilidad y pereza de nuestros burócratas o ¿qué secretario de Educación le hará ver a muchos maestros que su lucha es en favor de la educación y no de las prestaciones heredadas?

Sin que sea calificado de amenazante a la libertad de expresión, ¿quién enseñará a respetar los espacios visuales, auditivos, olfativos, que están contaminados de mil maneras, con músicas estruendosas, carteles deslumbrantes, olores agresivos?

Y en nuestros mundos particulares, ¿hay algún funcionario que corrija la falta de puntualidad, la suciedad en el transporte urbano?: ¿de las unidades y de los choferes, o la inexistencia de filas para abordar el metro? ¿Conducir mirando el celular o cruzar las avenidas con auriculares que ponen en riesgo la propia vida y la de los conductores?

En este mundo de leyes donde la mayoría evadimos nuestra personalísima responsabilidad ética, queremos que nuestra conciencia la guíen las leyes y mientras tanto prevalece el abuso, el gandallismo, la intolerancia a las diferencias sociales, de género, la discriminación, el desprecio a las diferencias enarbolando verdades absolutas mediante la violencia verbal.

La conciencia cívica y de promoción de la cultura y el estudio, es asunto personal, es asunto de comunidades conscientes y comprometidas con la historia que están construyendo, no de medidas gubernamentales. Aunque, eso es una verdad, mientras el impulso a la educación libre, académica y seria en todos los niveles, no sea prioridad de los gobiernos, quienes luchen por abrir espacios a la reflexión, al aprendizaje crítico, se verán relegados en ámbitos que paulatinamente se ahogan.

No sé con quién estaríamos peor o mejor, de lo que estoy seguro es que mientras no asumamos nuestra propia responsabilidad, estaremos peor, cada día.

Los cambios no se dan de manera automática en las urnas. Ya lo sabemos.

Hasta la próxima.

 

 

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