23, Feb 2018

La Liga de los Toreros

EL AUTOR

José Antonio Luna

La noticia es un gancho al hígado. Que me perdonen mis lectores que aseguran: no le va a mi estilo escribir frases altisonantes, pero, qué digo un achuchón hepático, la nota es, más bien, una soberana patada en los huevos. Miren ustedes, por un acuerdo de su junta directiva, el AnclaColegio de Veterinarios de Madrid ha decidido que a partir de ahora, se elimina el Anclapremio al Anclamejor toro de la Feria de San Isidro. La decisión fue tomada por la petición que presentó ante ellos la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal. Los colegiados argumentan que no se puede premiar el daño a los bovinos por más que lo permita la ley y forme parte del patrimonio cultural de las Españas. Con ello: ¡tómala!, punto a favor para los enemigos de la fiesta.

A veces, veo lo que está pasando con la tauromaquia y tengo la impresión de que todos están jalando las últimas tortillas que quedan en el tenate. Como debo seguir la recomendación de mi risoterapeuta, o sea, la de cambiar mi pensamiento a positivo, no enumeraré los actos vandálicos que en contra de las corridas cometen la propia gente del toro. No, hoy me iré por el lado bueno. A las figuras del toreo orquestadores de los grandes fraudes que han echado a la gente de los tendidos; a los segundones que, ufanos y felices, se prestan para alternar en esas estafas, a los ganaderos que crían toros estúpidos para que todos esos toreros les corten las muy significativas orejas –capten la ironía-, y a los empresarios que atracan en despoblado armando esos bonitos y trascendentes carteles, a todos ellos, artistas en el arte de trincar espectadores incautos, propongo la fundación de La Liga de Toreros, Ganaderos y Empresarios Abolicionistas del Toreo, (LITOGEAT). En la punta de la lengua me bailotean cantidad de nombres –la nómina del “G cinco” completa- que con gran eficiencia podrían presidirla.

No sé a ustedes, pero lo de los veterinarios madrileños duele mucho. Cuando, como una catedral, se derrumbe el último toro que las leyes modernas permitan lidiar, lloraremos de tristeza. Por mi parte, será una pena saber que nunca más volveré a ver, por decir algo, a José Tomás romper, estoicamente y con la belleza de una escultura griega, la geometría del toreo. Y a Paco Ureña desfondarse de sentimiento y torería cimentando su oficio en la entrega. Y a Currito Díaz brindar una serie, que, toreo verdad, -capten el veneno para lo morantesco-  ¡esas sí son de las que valen el boleto!. Y a David Mora muleta en mano imponiéndose a su circunstancia. Será patético no volver a mirar a un toro de Tenexac furioso arrancar de cuajo un burladero y echárselo a los lomos. Será muy triste tener la certeza de que nunca más habrá otra corrida de Rehuelga. Por cierto, ustedes perdonen lo repetitivo, los santacolomeños de sangre más pura, emblemáticos en mi memoria como si los estuviera viendo, anchos de sienes, de cuajo superior y hondos como pena gitana,  me han regalado una de las mejores tardes de toros de mi vida, aun contando con que los matadores anunciados no pudieron con ellos. Cosa que embellece aún más el recuerdo por los tremendos esfuerzos de grandeza humana, que acometieron los de coleta en el afán de quererse vencer a sí mismos. La tarde inolvidable fue de los cinco toros, “Guanaguato”, “Callejero”, “Liebre”,  “Perlas negras” y “Coquinero”, este último, el precioso y bravísimo merengue que, gracias a los albéitares abolicionistas, se convierte a partir de hoy, en el último y muy digno ejemplar premiado por el Colegio de Veterinarios como el mejor toro de la Feria. Si tenía que ser así, me parece muy bien que en el renglón que cierra la lista de premiados, el nombre que aparezca sea el del glorioso “Coquinero”.

 

 

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