06, Abr 2018

Humilde, resignado, lacónico

EL AUTOR

José Antonio Luna

Fue su noche, la de ellos, y como tal, la disfrutaron. Más que facultades, a la espalda traían una afición inacabable y una tremenda nostalgia. Así, llegaron y con las mismas características, pero desde otra perspectiva, asistimos nosotros. Fuimos a la plaza de Tlaxcala en busca de evocaciones y de añoranzas. Mataban tres toros de Coaxamaluca y tres de Tenopala: Miguel Villanueva, Raúl Ponce de León y Rafael Gil Rafaelillo. Artistas en el ruedo y filósofos de la vida. Llegaron a la plaza desparramando torería.

Yo, por decir algo, no dejé de acordarme de cosas. Por ejemplo, que una tarde vi al maestro Miguel Villanueva matar una media docena de Tepeyehualco y de Tenexac, corrida memorable, también en la “Ranchero Aguilar”. Esa ocasión, junto con él, estuvieron anunciados Antoñete y El Pana. Del mismo modo, recordé que la primera vez que fui a la Plaza México, vi torear a Raúl Contreras Finito y a Ponce de León.

Asimismo, rememoré que en este ruedo tlaxcalteca, una tarde grandiosa, Ponce “El bueno” mató un torazo al que sólo le faltó llevarse por delante a las taquilleras. Ese hermoso ejemplar -creo que era de Zacatepec- fue recibido a verónicas preciosas, acto seguido, hizo hilo tras un subalterno y lo alcanzó a coger ya que el hombre estaba adentro del burladero, lo sacó de ahí con un cornadón en el muslo. Luego, derribó al picador y en vez de ensañarse con el caballo, el merengue se subió encima del jaco, buscando al jinete que, en el suelo, vivía la peor pesadilla de su vida. Entonces, apareció Ponce “El bueno” y capote a la espalda hizo un verdadero quite por gaoneras. Luego, la faena de muleta fue sublime. De Rafaelillo, tengo los recuerdos de muchas tardes, de faenas hondas y aromas gitanos.

La noche del sábado, Miguel Villanueva estuvo enorme con el capote e intenso con la muleta. A Ponce “El bueno”, el segundo torito, terciado, le exigió mostrara su título de doctor en tauromaquia. Fue al primer lance por el pitón izquierdo. Lo arrolló como un tren para dejarlo estampado al pie del estribo de las tablas, con un puntazo en la mejilla que no encarnó por un verdadero milagro y que nos dejó temblando. El maestro se levantó para fajarse y lograr unos derechazos de honda belleza y gravedad. Rafaelillo estuvo muy artista con las dos telas y en sus dos toros.

La Corrida de la Gloria tuvo más de lo que esperábamos. Aparte de verónicas, chicuelinas, gaoneras, naturales –muy pocos-, y derechazos, todos de una belleza serena y llena de solera, disfrutamos de muchos buenos pares de banderillas por parte de la peonería. En especial y en cada toro -porque banderilleó a los seis- los de ese torerazo delgadito, que se llama Carlos Martel y que es más bueno que el brandy y que el coñac que lleva en el nombre. Sobre todo, en un tercio de banderillas en que, junto con su compañero de palos, estuvo superior. Y en el que Gerardo Angelino dictó una de las cátedras más bellas y efectivas de la historia del toreo en México, acerca de cómo se deben pegar los capotazos de brega, es decir, arriba, deletreados y con la suavidad de un capote hecho de pétalos de rosa.

Que sí, que los toros estaban justitos de presencia, pues, sí. Sí, es cierto. Pero animales de ese tamaño y condición, veo que son lidiados sin el menor empacho por toreros fuertes, jóvenes y en activo, profesionales que actúan cada semana. Es más, toritos de esa catadura son los que matan las figuras. Así, que nada. Fue un gesto y como tal, hay que reconocerlo. No es cosa que podamos hacerlo todos, meterse a lidiar un animal de más de cuatrocientos cincuenta kilos teniendo setenta años anotados en la credencial de elector, es una hazaña aquí y en China.

¿En dónde termina la afición?  La afición no termina nunca. Pero, ¿en dónde están los límites de la capacidad humana?. Cada día me sorprendo más y más. Qué personas cercanas a mí sean capaces de correr cien kilómetros en veinte horas y que un hombre de setenta años de edad se levante del arropón de un toro, y lo domine a profundos y bellísimos derechazos, me dejan pasmado. Con el asombro de un niño me pregunto: ¿qué sigue?

Tras la corrida, en uno de los pasillos del hotel, me encontré a Raúl Ponce de León. “¡Enhorabuena, maestro!”. Entre su gente, caminaba cansado, el puntazo en la mejilla, con su lujoso vestido de luces negro y oro, manchado de arena y sangre. Como si no hubiera acabado de acometer una guapeza me contestó humilde, resignado y lacónico: “Pude haber hecho más”. Heroísmo torero en cuatro palabras.

 

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