22, Jun 2018

La última esperanza.

EL AUTOR

José Antonio Luna

Por eso de que en la vida no hay casualidades, sino causalidades, esta semana, han llegado a mi correo electrónico dos reportajes que más que otra cosa, son conmovedores. Los han enviado amigos generosos. Uno va por escrito y el otro, es un video. Los dos hablan de encastes que no son muy comunes, pero sí, muy necesarios para la  supervivencia de la tauromaquia.

El primero fue publicado en el periódico El Mundo y está firmado por la escritora Emilia Landaluce. Es una entrevista a la marquesa de Seoane, es decir, a la señora de los toros jaboneros, los últimos “veraguas”, dueña de la ganadería de Prieto de la Cal. A lo largo del cuestionario, la marquesa despotrica contra las figuras del toreo y los empresarios por aquello del monopolio que sublima el monoencaste. Entre otras declaraciones, doña Mercedes Picón afirma que el indulto a “Orgullito” de la ganadería de Garcigrande fue una vergüenza, porque el toro nunca demostró su bravura en el caballo. Tiene razón, me pongo de pie para ovacionarla.

Que el encaste de Veragua se esté confinando, sólo porque cinco toreros y tres empresarios no quieren abrir el abanico creyendo que si lo hacen,  ponen en juego sus inmensas ganancias, se me hace un atentado contra esta bellísima pasión a la que llamamos tauromaquia. Los toros de casta ya no son requeridos, por la simple molestia que implica tener que dominarlos antes de adornarse con figuras aflamencadas.

El otro correo tiene adjunto un video de la serie titulada Encastes, dirigida por J. Ferrer Roca y que, en este caso, contiene un reportaje sobre los encastes Atanasio y Lizardo, que fueron creación genética de los criadores de esos nombres: Atanasio Fernández Iglesias y Lizardo Sánchez Sánchez. Durante las entrevistas, diversos ganaderos que hoy los crían, se quejan de lo mismo. Dicen que son muchos esfuerzos vanos y que al final, las camadas se quedan y hay que buscarles un mercado que difícilmente los adquiere.

Es que, la cosa se ha puesto difícil. Hoy, la fiesta es para un grupo de toreros que han logrado venderle una faena cómoda y, eso sí, muy bonita, a unos aficionados en extremo generosos y poco exigentes. Durante estos últimos tiempos, el gran protagonista perdió su papel y ha sido desplazado a la categoría de invitado incómodo, al punto tal, que el grado de incomodidad depende de lo encastado que sea su comportamiento.

Al que esto escribe, lo que las declaraciones de estos ganaderos provocan es una inmensa ternura y una gran compasión, entendiendo esta última palabra en su raíz, o sea, en la idea de “sentir lo mismo”. Parte de los encastes se están perdiendo en una fiesta monopolizada por unos cuantos y un día no muy lejano, cuando ya no haya nada que hacer, vamos a lamentar con profunda nostalgia lo que se fue para siempre.

A estos ganaderos toda mi veneración. Ellos son héroes solitarios, guerreros independientes, gente tesonera, quijotes que no se niegan a pelear sus batallas, aun sabiendo de antemano, que están perdidas. Porque es empeño noble y singular la lucha contra molinos de viento inamovibles, sobre todo, cuando se conoce que la victoria nunca será posible.

Los hay en España, en México, Perú y en todo el mundo taurino. Por solidaridad, hay que acudir a la plaza cuando se anuncia un hierro que defiende la casta. Y si me apuran, no por favorecerlos, -somos una sociedad harto individualista- sino por nuestra propia conveniencia. Los aficionados deberíamos formar cofradías de amigos del toro y brindarle todo nuestro apoyo al él, que tantas satisfacciones nos ha dado con su vida a lo largo de nuestra experiencia como adeptos. ¡Basta de tanta deslealtad!, llegó la hora de darnos cuenta de que para salvar a la fiesta, en el respeto al toro está nuestra última esperanza.

 

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