22, Oct 2018

Una caravana para el norte

EL AUTOR

Guillermo Deloya

Nadie migra por diversión, nadie pone en riesgo su vida o sus hijos por mera ocurrencia. Un fenómeno migratorio masivo como el que en recientes semanas ha sido tan mencionado, viene a poner en relevancia la complejidad del equilibrio que se le debe procurar al tener visibles las  dos caras de la moneda. Por una parte, estamos ante una verdadera tragedia de desesperanza y carencias que promovió la huida de su patria a cerca de 3 mil  hondureños y centro americanos quienes de tajo buscan dejar atrás las violaciones a derechos humanos, a la violencia y a la pobreza lacerante; por otra parte, estamos en una encrucijada donde como país, es necesario tener controles desde el frente migratorio a efecto de hacer valer la ley y fortalecer en consecuencia el estado de derecho mexicano.

Alrededor de 500 migrantes ya han tocado el borde fronterizo sur y varios de ellos han ingresado al país en busca de contar con visas humanitarias en su tránsito hacia los Estados Unidos de América. Son jóvenes, adultos, mujeres, hombres y niños que han perdido el miedo en ese esquema donde ya no hay nada que perder. De ese ingreso ilegal, la autoridad mexicana puede conceder la regularización del tránsito migratorio, lo cual sin embargo en el mejor de los casos puede tratarse de un trámite de gran demora, el cual en el mejor de los casos tardaría en su resolución cerca de 45 días. La consecuencia de un ingreso irregular conforme a lo establecido por el Instituto Nacional de Migración, perteneciente a la Secretaría de Gobernación, sería la retención de la persona con el consecuente inicio del procedimiento administrativo para ser devuelto a su país de origen.

Sin embargo estamos transitando hacia un escenario inédito de enormes proporciones trágicas, donde las presiones internacionales, sobre todo por supuesto de los Estados Unidos, tienen a México en una final de sexenio que adquiere tintes novelescos. Cómo evitar que la contención de la Policía Federal desborde en actos de violencia generalizada donde de uno y otro lado se tienen heridos y potencialmente muertos. Esto es una auténtica prueba de fuego para el ya en ocaso gobierno federal donde la SEGOB deberá tener un margen de error cero para que prevalezca la sensibilidad hacia quienes (en mayoría) buscan un horizonte de progreso.

Es momento por igual que en el marco de discusión del Derecho Internacional, se encause con prontitud la definición de conceptos y valores jurídicos del término asilo para llevarlo al reconocimiento de derecho fundamental, con reales obligaciones para los estados y con dimensiones serias y equivalentes a las proclamaciones de las posguerras y evitar así  la presión irracional de estados que instituyen o promueven reales prácticas de aniquilación a quienes transgreden la fronteras irregularmente. En este cause, hay corrientes que consideran desde una visión humanista, que la libertad de circulación entre países es un derecho equivalente al habeas corpus, y se exige de los estados el menor número de obstáculos posibles al tránsito humano. Por otra parte, en una visión liberal, se estima que el “dejar pasar” al ser humano en equiparación a mercancía o información. Visiones de complemento que ponen el dedo sobre el renglón de un problema vigente tanto en Europa como en América.

Lo cierto es que estamos ante una etapa histórica que pone a prueba al propio estado. México representa un sendero de difícil tránsito en la ruta de los más de 2 mil kilómetros hacia el norte en donde los migrantes enfrentan auténticos viacrucis por asaltos, secuestros, extorsiones y delitos sexuales en ese arduo camino.

Alejados de la presión que ejerce el twitter de Donald Trump, nuestras autoridades migratorias, fuerzas federales, gobiernos municipales y estatales tendrán que contar con un esquema especial de protección y vigilancia tanto para los connacionales como para los extranjeros que se encuentran en este tránsito. Sería lamentable caer en el entreguismo hacia una política de odio y racismo, pero no podríamos dejar a un lado la imperatividad de nuestra ley, como tampoco podemos renunciar a la empatía humanitaria por quienes ya no dejan nada más atrás que el añejo sufrimiento.

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