La Antigua Alianza de
Dios con Israel

Redacción Intolerancia
02, Jun 2018 a las 21:17

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La Antigua Alianza de Dios con Israel

Redacción Intolerancia 02, Jun 2018 a las 21:17

El pan partido y repartido, es también el compromiso personal de los creyentes para ser testigos de su muerte y resurrección. Los invita a asumir un compromiso integrándose en la acción redentora del Verbo hecho carne.


Las tres lecturas de hoy tienen un hilo conductor, y es la idea de la alianza de Dios con los hombres, una alianza prometida a los antiguos patriarcas y consumada con toda la humanidad a través de Jesús hecho hombre por nosotros. 

sí, en la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, aparece Moisés conduciendo al pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida. En el Sinaí, Moisés habla con Dios y trasmite al pueblo su experiencia religiosa. 

Le da los Mandamientos y normas de vida. Pero Israel  es un pueblo terco, de corazón extraviado, que duda y se pregunta si está o no está Dios con él, en su caminar por el desierto. 

Todo el libro del Éxodo es un relato de encuentros y desencuentros de Israel con su Dios que a pesar de todo no abandona a su pueblo elegido. Esta vez el pueblo escucha a Moisés y asiente a sus deseos.  

En el texto que hoy comentamos hay una especie de contrato entre Dios y las doce tribus de Israel que queda sellado con sangre de animales. Era, el ritual primitivo habitual en su tiempo, pensando que la sangre era la garantía jurídica, el protocolo necesario para hacer una alianza con Dios.

Para el perdón de los pecados

El evangelista Marcos, cuando en su texto quiere presentar la pasión y la misma institución de la eucaristía lo hace en el marco tradicional de la pascua judía, la alianza de Dios con su pueblo. 

Por eso en el relato de la última cena, empieza diciendo algo que parece anecdótico pero que no lo es. Dice así, el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, Jesús encarga a sus discípulos la preparación de la cena, con lo cual quiere dejar bien sentado que lo que va a ocurrir después es un auténtico sacrificio, que se engarza en el ámbito de la pascua judía. 

Es un sacrificio que se hace realidad con la sangre derramada por Cristo, por eso es nuevo, y es eterno, porque anula la antigua Alianza y se abre a la humanidad entera. Así lo recordamos nosotros ahora al renovar este mismo sacrificio en las celebraciones eucarísticas. 

El sacerdote, en la misa, al consagrar el pan y el vino y dice expresamente que es la Alianza Nueva y Eterna para el perdón de los pecados.   

En la carta a los Hebreos, que recordamos en la segunda lectura de hoy, el autor con un lenguaje muy diferente a los anteriores, pues está escrita después de la muerte de Jesús, nos da una explicación teológica de la Alianza consumada por Cristo, diciendo que con su sangre derramada en la cruz ha iniciado una etapa nueva y definitiva. 

Como se ve, no es ya un contrato o un intercambio de intereses para obtener del favor de Dios o aplacar su ira, como en la antigua, pues el hombre, no puede dar a Dios algo que necesite, ni hacer algo para obtener su favor. 

Sin embargo, por parte de Dios, sí que hay una elección gratuita que eleva al hombre apostando por él, dándole la dignidad de hijo y haciéndole partícipe de su propia vida a través de Cristo, su Hijo, y todo esto lo hace por amor.

“Tomad y comed”

En el ambiente de la última cena, Jesús abre su corazón a los discípulos, y les recuerda aspectos fundamentales sobre su misión mesiánica, tal como lo recogen los evangelios. 

En este contexto, como si fuera su testamento, aparece la novedad de la eucaristía, cuya transcendencia no se puede desligar de la pasión del Señor anunciada en esa cena pascual. 

El evangelista  Marcos nos da las claves del misterio eucarístico, lo hace de una forma concisa pero a la vez suficiente para comprenderlo. 

Dice simplemente que Jesús tomó pan, y pronuncio la bendición, lo partió y se lo dio a sus diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y les dice: “Esta es mi sangre de la Alianza, que se derrama por todos”. 

Y les anuncia que no beberá del fruto de la vid hasta que beba el vino nuevo en el Reino de Dios. En este breve relato está expresado el contenido profundo de la eucaristía, entendida como Sacramento necesario para vivir la fe.

En primer lugar, es una invitación a tomar el cuerpo y la sangre de Cristo como alimento y seguir sus pasos. En el lenguaje bíblico comer su cuerpo y beber su sangre (un lenguaje duro para algunos) es identificarse con la totalidad de la persona que lo dice, con su propio ser, con su espíritu, con sus anhelos y objetivos. 

En resumen, Jesús está hablando  de su vida y muerte que se entrega como alimento, como gracia que redime y perdona. Jesús cuando dice tomad y comed, quiere decir que tomemos la vida en nuestras manos, que recibir la Eucaristía no es algo estático, sino dinámico, que exige lucha para salir del pecado o para superar situaciones difíciles y comprometidas que no encajan en el proyecto cristiano. 

Es muy importante, entender esto, porque algunos piensan que el comulgar es un premio, una medalla que se da a las personas buenas.  La eucaristía es una llamada a la esperanza, que nos recuerda que somos en realidad lo que celebramos, porque ya no somos nuestra propia debilidad, ni nuestros odios, ni nuestros traumas, ni siquiera nuestros mismos pensamientos, ni la suma de nuestros pecados o errores. 

No, no somos eso. Podemos decir como el apóstol Pablo: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí. El pan partido y repartido, es también el compromiso personal de los creyentes para ser testigos de su muerte y resurrección. 

Jesús, parte el pan y se lo ofrece a sus discípulos, y con este gesto los invita a asumir un compromiso integrándose en la acción redentora del Verbo hecho carne siguiendo su misión. 

Así lo entendieron sus discípulos en sus primeros pasos después de la muerte de Jesús siendo testigos de la Resurrección de Cristo, asumiendo todas sus consecuencias, como fueron las persecuciones y el martirio.

Pero además, al comulgar nos identificamos con Cristo que al anunciar el Reino de Dios lo hacía no solo de palabra, sino atento a las necesidades de sus contemporáneos. Por eso el pan eucarístico lo hemos de compartir con nuestros hermanos, nos tiene que llevar a ser muy sensibles ante sus necesidades, tanto espirituales como materiales. 

Recordemos que el Señor ante una multitud fatigada, que lo seguía y tenía hambre, dice a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Es una responsabilidad que desde sus orígenes la iglesia ha ejercitado como recuerdo del Señor. 

Por eso hoy, al celebrar el Corpus Cristi, que nos habla del pan partido, nos lleva a pensar sobre el pan compartido y celebramos por eso el Día de la Caridad.

Jesús Gallego Díez

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