“He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!”, dijo Jesús, el enviado del Padre, que entró en el mundo para comunicarnos todo su amor, el Espíritu Santo, quien nos purifica del pecado y nos transforma en hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna. Por eso, San Cirilo comenta: “…así como los que quieren purificar el oro y la plata les quitan toda la escoria con el fuego, así el Salvador, por la palabra evangélica en la virtud del Espíritu, purifica el fuego, así el Salvador, por la palabra evangélica en la virtud del Espíritu, purifica la inteligencia de los que creen en Él. Este es el fuego saludable y útil por el cual los moradores de la tierra, de algún modo fríos y endurecidos por el pecado, se calientan y enardecen por la vida santa”.

¡Qué gran regalo se nos comunica en Jesús! Su Misericordia es tan grande, que –como escribió San Ambrosio-, deseoso de consumar nuestra perfección, “se aflige por nuestras desgracias”, y “se angustia hasta que llega el momento”. Él nos ama tanto que hace suya nuestra necesidad de una existencia total y sin fin. Así, por amor, está dispuesto a darlo todo; a entregar su ser y su vida por nosotros. “pasión quiere decir amor apasionado, que en el darse no hace cálculos”, afirmaba el gran Papa Juan Pablo II. “La pasión de Cristo es el culmen de toda su existencia dada a los hermanos para revelar el corazón del Padre. La Cruz, que parece alzarse desde la tierra, en realidad cuelga del cielo, como abrazo divino que estrecha al universo”.

Con su amor hasta el extremo, Jesús nos comunica el fuego del amor divino, el Espíritu Santo. Así nos libera de la escoria del pecado, y nos hace hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna, que consiste en amar. Enriquecidos con este don, a cada uno toca colaborar con nuestra libertad responsable, a fin de que este tesoro pueda desarrollarse y alcanzar su plenitud. “El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva al que… aspire a lo definitivo –enseña el Papa Benedicto XVI –El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad.

Ante la llamada del amor no podemos permanecer “neutros”

Por eso Jesús nos ha mostrado el camino: amar a Dios y al prójimo. Sin embargo, no siempre es fácil vivir en la dinámica del amor ya que, por una parte llevamos en nosotros la herida que el pecado original nos dejó –llamada “concupiscencia”, -la cual nos inclina al mal; y por otra, enfrentamos incomprensiones y dificultades en este mundo. A fin de que esto no nos tome desprevenidos y nos derrote, el Señor nos advierte: “No he venido a traer la paz, sino la división”. De esta manera nos descubre que, ante la llamada a vivir el amor que hace la vida plena por siempre, no podemos permanecer “neutros”, hasta ser vencidos. Quien lo comprende, “no se refugia en una paz engañosa, sino que se dispone a la lucha”, escribió Santa Faustina.

San Ambrosio afirma que, al mencionar que en una familia estarán divididos tres contra dos, Jesús se refiere a nuestro ser, en el que nuestros cinco sentidos entrarán en combate, porque, a partir de que Él nos ha comunicado el fuego su Espíritu, la persona “que era irracional se hizo racional”. Entonces, en lugar de dejarnos arrastrar por el egoísmo y el impulso ciego del instinto, comenzamos a ser dueños de nosotros mismos, conduciendo los diferentes elementos de nuestra personalidad. Sin embargo, esto exige luchar contra la soberbia, la lujuria, la avaricia, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Al principio, los que viven en mancomunidad con sus vicios, no ven ninguna división. Pero, con el fin de liberarles, el Espíritu Santo se acerca, “punzándoles y remordiéndoles las conciencias por el juicio de la razón”, como señalaba San Ignacio de Loyola.

A estas luchas internas se suman las externas, ya que la sociedad actual, seducida por el egoísmo, tiende a reducir a la persona al rango de objeto de placer, de producción y de consumo, imponiéndole falsos modelos, para poderla manipular. Jeremías, en su tiempo, padeció esto. Sin embargo, permaneció fiel a Dios y a la verdad, sin someterse a los caprichos de nadie. También supo hacerlo Ebed-Mélek, quien frente a la injusticia, exclamó con valentía; “no está bien lo que hicieron con Jeremías”. “Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, que dieron prueba de su fe, dejemos todo lo que nos estorba”, dice San Pablo. Jesús, en quien Dios se inclina para salvarnos, nos conoce y nos llama a hacerlo. ¡No permanezcamos “neutros” ante las pasiones e injusticias, sino, con la fuerza del Espíritu Santo, enfrentémoslas y venzamos con el poder fascinante del amor!