Un periodista preguntó a Antonio Fuentes si al torear sentía miedo, a lo que el diestro sevillano respondió: “¡Claro!, sin miedo no es posible torear; el que no tiene miedo acaba  rendido en las astas del toro, mientras que el que lo tiene se cuida, no se arriesga innecesariamente, ve lo que puede y debe hacer”. El llamado “torero elegante” se refería a una virtud indispensable: la prudencia, que consiste en saber elegir el verdadero bien.

En el ruedo de la vida hemos de lidiar con el toro de las diversas situaciones que se nos presentan cada día, y es preciso tomar la decisión adecuada, para no terminar dominados por las circunstancias y fracasando para siempre, sino salir victoriosos y entrar en la gloria sin fin.

Para lograrlo, necesitamos de Jesús, el único camino, porque es la verdad que nos da vida plena para siempre. Él, que nos ama, sabe que nos estamos jugando la existencia en esta tierra y en el cielo. Por eso no duda en prevenirnos de los peligros, y en llamarnos la atención y corregirnos cuando es preciso.

De ahí que, ante la pregunta de quienes le interrogan si es verdad que son pocos los que se salvan, Cristo nos enseña a pasar del nivel de la curiosidad al de la auténtica sabiduría, que consiste en comprender que lo que lleva a la salvación que Dios ofrece es una decisión personal, seguida de una vida coherente, y no el pertenecer a un determinado pueblo, o a una determinada institución, como señala el P. Raniero Cantalamessa.

Jesús nos hace ver que el triunfo verdadero consiste en alcanzar la felicidad plena y eterna a la cual todos estamos llamados, pero que esto no se consigue actuando de manera irresponsable e insensata, sino pensando y actuando con la debida prudencia y coherencia. Cuando no nos tomamos en serio las cosas, hacemos todo al “ahí se va” ¡y que desagradables sorpresas nos llevamos! Quizá más de una vez hemos experimentado con dolor e impotencia las consecuencias de una decisión equivocada; una nota reprobada por habernos confiado demasiado y no haber estudiado como debíamos; una ruptura afectiva, por haber pensado que la pareja o los amigos soportarían siempre nuestros egoísmos, chantajes y manipulaciones. Ya lo dice el refrán: “Nadie sabe el bien que tiene, hasta que lo ve perdido”.

La puerta del triunfo

Jesús no quiere que nos veamos en la inmutable tristeza de perder la vida eterna. Por eso nos advierte de la “puerta ancha”, que, como señalaba el Papa Juan Pablo II, es el terrible error de inventarse cada uno su propio bien y su propio mal, acomodándose a la mentalidad del mundo, y “cediendo a los halagos del pecado”. Muchos, haciendo caso a quienes ofrecen cómodos métodos, llegan a creer que se puede bajar de peso sin dieta, que se puede aprender sin estudiar, que se puede tener fe sin conocimiento, que se puede ser cristiano sin coherencia, que se puede amar sin fidelidad, que se puede triunfar sin trabajar. Pero más atractivas que parezcan estas propuestas, en realidad no funcionan, son tan falsas como la receta del “Mole de guajolote, sin guajolote”, que el cómico “Madaleno” dictaba. 

El éxito exige esfuerzo, no nos engañemos. Por eso Jesús nos dice: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta”. Esa puerta, que conduce a la dicha, es el amor a Dios y al prójimo. Un amor que nos impulsa a trabajar cada día para crecer en la fe y en la esperanza, para ir madurando, y para ser fieles a la pareja, aunque cueste trabajo.

¡Si!, el amor nos hace esforzarnos para educar a los hijos en auténticos valores, para respetar a nuestros padres,  para ser atentos con los hermanos, para ser castos en el noviazgo, para ser honestos y responsables en la escuela y en el trabajo, para valorar a la gente, para construir un mundo justo y solidario, especialmente con los más necesitados, y para ayudar a todos a entrar en el Reino de Dios.

¿Qué es difícil vivir así? ¡Claro que lo es! Pero –como decía el Papa Paulo VI-, la esperanza de la vida eterna debe iluminar nuestro camino, mientras nos esforzamos por “vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo presente, conscientes de que la forma de este mundo es pasajera”.

“Vosotros, que sois hijos de la luz y de la verdad, huid… de toda doctrina perversa; a donde va el pastor allí deben seguirlo las ovejas”, exhortaba San Ignacio de Antioquia. Escuchemos al Maestro del auténtico triunfo, Jesús, cuyo amor y fidelidad duran por siempre. Así entraremos por la puerta que, si bien es estrecha a la entrada, conduce a la mayor anchura –como decía San Juan Crisóstomo-, que es la felicidad plena y eterna.