La reina Cristina de Suecia fue informada de que Carlos I, rey de Inglaterra, había sido decapitado como resultado de una serie de sucesos que, con decisiones poco prudentes, él había empeorado: “¿Y qué han hecho con su cabeza?” preguntó la monarca. “la han enterrado junto con el cuerpo”, respondieron sus informantes. Entonces Cristina comentó: “Bueno, ya es algo. El rey nunca supo qué hacer con ella”. Jesús, que no quiere que perdamos la cabeza, y con ella la vida plena en esta tierra y la eterna en el Cielo, nos invita a saber qué hacer con ella; usarla para alcanzar sabiduría. ¡Y vaya que si lo necesitamos!, ya que todos los días nos encontramos en la delicada tarea de edificar nuestra vida personal, familiar y social, anhelando que la “torre” de nuestra existencia alcance la dicha sin fin.

Sin embargo, quizá olvidando que los razonamientos de los mortales pueden equivocarse, nos hemos dejado influir por los criterios de moda, que ofrecen métodos de construcción fácil y rápida. A nivel personal se nos propone, no madurar, sino ser egoístas y gozar. Frente a la tentación, la norma es “aprovechar la ocasión”. A los casados se les recomienda que, “ni todo el amor, ni todo el dinero”. A los novios se les enseña que la pareja debe dar, no una, sino muchas “pruebas” de su amor. En el mundo de los negocios, el paradigma es: “el que no tranza no avanza”, y en la vida social, “que cada quien se rasque como pueda”.

¿Y a donde nos llevan estos métodos?, a quedarnos a mitad del camino. Que frustrante es sentir que somos medio maduros, medio inteligentes, medio cristianos, ¡personas a medio terminar! Que nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro noviazgo y nuestras relaciones de amistad se han estancado en el utilitarismo, el resentimiento y la confrontación. Que anhelando edificar un país y un mundo mejores, nos hemos “atorado” en la injusticia, el individualismo, la apatía y la indiferencia. ¿Cuál es la causa?, que olvidamos que para construir, hay que saber. Pero Dios, que es nuestro refugio, no nos abandona. A través de Jesús, “Sabiduría encarnada”, nos enseña lo que es la vida, para que seamos sensatos, y, calculando los costos, construyamos de tal manera que nuestra existencia sea toda júbilo.

Edificar con la ayuda de Jesús

Él por puro amor, nos habla con la verdad. No miente ni engaña con falsas rebajas y “precios especiales”. Nos dice con claridad cuál es el costo de construcción: seguirlo, cargando la cruz, es decir, viviendo cada día el amor a Dios, a nosotros mismos y a los demás. “Reconoce, oh cristiano –nos exhorta san León Magno- la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuales los premios que se te prometen”. San Pablo lo comprendió. Así, entrando en la dinámica del amor divino, fue capaz de preocuparse de Onésimo como si fuera el mismo, hasta rogar a Filemón que lo tratara como hermano en Cristo.

Quizá también nosotros reconozcamos la grandeza de esta sabiduría, que nos permite edificar hasta alcanzar la eternidad. Pero probablemente veamos también que “andamos escasos de fondos”, es decir, que nos falta mucho amor. No desesperemos. Jesús nos ayuda invitándonos a “invertir” amándolo primero a Él, para que pueda comunicarnos los recursos que necesitamos, y así seamos capaces de amar y construir como se debe. De lo contrario, nuestro amor a los demás será “un cheque sin fondos”, un egoísmo disfrazado de amor. Diremos que amamos a la pareja, a la familia, a la novia ya los amigos, , cuando en realidad los estaremos necesitando para no sentirnos solos o para tener alguna satisfacción. En pocas palabras: queremos a la gente en la medida en que sea útil para nosotros.

Llenos del amor divino, tendremos los recursos necesarios para edificar un matrimonio feliz, conscientes de que el costo es la fidelidad; una familia unida, sabiendo que el costo es comprender y servir; un noviazgo auténtico, aceptando el costo del respeto; una sociedad auténticamente humana, dispuestos a asumir el costo que es actuar con justicia y solidaridad. Solo construyendo así veremos satisfechas “las esperanzas más íntimas de nuestra inteligencia y de nuestro corazón”. Como afirmaba san Juan Pablo II. “Ello exige combatir nuestro apego a … una mediocridad cómoda e insignificante”, recordaba la beata Teresa de Calcuta. ¡Seamos santos!, y la torre de nuestra vida, construida con la fuerza del amor, alcanzará la eternidad.