San Gregorio afirmaba: “La verdadera justicia tiene compasión y la falsa justicia desdén… los que acostumbran ensoberbecerse… desprecian a todos los demás, sin tener ninguna misericordia de los que están enfermos y, creyéndose sin pecado, vienen a ser más pecadores”. Esta fue la actitud de los fariseos y de los escribas. Por eso murmuraban de Jesús: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Y era verdad. Es más; ¡gracias a Dios, Cristo sigue actuando así! Él enviado por el Padre, ha venido con la fuerza del Espíritu Santo, no para rechazar ni para condenar, sino para reconciliar condigo al mundo.

“Jesús… con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor… que… abraza (a la) humanidad… en contacto con toda… la limitación y la fragilidad del hombre… física (o) moral… El modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado, en el lenguaje bíblico, misericordia –decía san Juan Pablo II, y afirmaba- Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No solo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia”.

En Jesús, Dios Padre ha venido a buscar a la humanidad que el pecado dispersó, para salvarnos y darnos el poder de ser hijos suyos, introduciéndonos en la unidad de su familia, la iglesia, en la que se celebra el gran banquete de la Eucaristía, que anticipa y prepara el que será eterno en la gloria celestial. Por eso, en Jesús se realiza plenamente la intercesión que Moisés hizo a favor del pueblo elegido. Y para que pudiéramos comprenderlo, Él nos lo explica con ejemplos, llamados “parábolas”, en las que nos presenta a un hombre que va en busca de la oveja extraviada, a una mujer que busca la moneda que ha perdido, y que hace fiesta al recuperarla, y aun padre que, frente a un hijo que se había alejado de él, y otro –el mayor- que critica su bondad, responde con misericordia.

Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero

A veces somos como esa oveja, que representa a los soberbios que se separan de la unidad de la iglesia, según San Agustín. Pero entonces el pastor, Jesús, se pone en nuestra búsqueda, y cuando nos encuentra, no nos castiga ni nos conduce violentamente al redil, sino que, colocándonos sobre sus hombros, nos lleva con clemencia hacia su rebaño, que es la Iglesia. También somos como la moneda de la parábola, ya que lo mismo que esta llevaba grabada la imagen del emperador, nosotros somos imagen y semejanza de nuestro Creador, al igual que aquella, el pecado nos ha extraviado. Pero entonces el Señor nos ilumina y nos limpia, para recuperarnos la semejanza divina, que había sido deformada por el pecado.

De la misma forma podemos identificarnos con aquel hijo menor que, habiendo recibido todo de su Padre, se alejó de Él y lo malgastó todo, hasta quedar en la miseria, sometiéndose entonces a una actividad degradante, deseando comer algarrobas, que solo sirven de peso y no de utilidad. Esas algarrobas son los placeres ilícitos, las infidelidades, el consumismo, las críticas, las calumnias, las envidias y los rencores. Pero cuando aquel muchacho volvió a sí mismo, tomó conciencia de su dignidad, y decidió regresar al Padre. Lo hizo fiado en que para él un hijo, por más prodigo que sea, nunca deja de ser hijo. Así, al llegar, recibió del Padre lo que este siempre le había dado: su amor misericordioso que no desprecia un corazón contrito, sino que lo limpia y lo hace puro.

“Dios tuvo misericordia de mi –escribe San Pablo- Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero… para que manifestara toda su generosidad y sirviera yo de ejemplo” habiéndonos rescatado, el Señor nos ha encomendado a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así se lo recordó a Santa Faustina el pedirle: “Proclama al mundo entero Mi misericordia insondable”. Y después de que ella escribiera todo lo que vio y oyó, Cristo comentó: ¿Crees, quizá, que hayas escrito suficiente sobre Mi misericordia? Lo que has escrito es apenas una gotita frente a un océano. Yo soy el Amor y la Misericordia Mismos”. ¡Sí!, la misericordia de Dios es más grande de lo que podemos comprender, expresar, anhelar y esperar. Conscientes de esto, confiemos en Él, y seamos misericordiosos con todos, como lo es nuestro Padre celestial”.