Dicen que las cucarachas suelen estropear más de lo que devoran. Así son los que hacen el mal o que omiten hacer el bien. Estos dejan tras de sí cantidad de corazones destrozados al intentar consumir sensaciones agradables y placenteras, desentendiéndose de los demás. Sin embargo, quienes actúan así, en realidad no se sienten satisfechos, y tarde o temprano, como las cucarachas, perecerán sin remedio. Eso fue lo que sucedió al rico de la parábola, quien encerrado en su egoísmo, despilfarraba lo que otro necesitaba, dejando que el pobre soportara hambre y dolor. Sin embargo, aquel rico necesitaba banquetear cada día, ya que por más que comía, no se sentía satisfecho. Pero un día murió, y fue al lugar de castigo. También el indigente murió, pero él alcanzó la gloria. ¿Será entonces que para llegar al cielo se necesita la “suerte” de haber nacido pobre?

Cuentan que un famoso genio de las matemáticas, tras impartir una brillante conferencia en una universidad, se despidió así: “Agradezco su atención. Que tengan suerte”. Entonces, uno le preguntó: “¿Podría decirnos cuál es la fórmula de la suerte?”. “¡Claro!”, respondió el sabio, y escribió en el pizarrón: S= APO. Luego explicó: “La Suerte es el resultado de la Actitud, de la Preparación y de la Oportunidad”. “No toda pobreza es santa, ni todas las riquezas son pecaminosas”, aclara San Juan Crisóstomo. Lo que Jesús reprueba es la actitud egoísta y abusiva del rico, que le hizo incapaz de preparase con amor a la eternidad, dejando pasar la oportunidad de amar de verdad. Si queremos tener la “suerte” de ser felices para siempre, necesitamos adoptar la actitud correcta.

El rico de la parábola decidió que lo más valioso en su existencia era su cuerpo. Así, el objetivo de su vida fue satisfacer a sus necesidades físicas, sexuales y emotivas, sin preocuparse por los demás. ¡Y que bien se la pasó!, se vestía lujosamente y banqueteaba espléndidamente. Hoy, los llamados “narcisistas! o “metrosexuales” hacen la misma elección. El fin de su vida es lucir una figura fenomenal, sentirse siempre jóvenes, vestir a la moda, comer y beber bien, divertirse y gozar de todos los placeres, sin pensar en los demás. Nunca tienen tiempo para hacer oración, para conocer mejor su fe, para convivir con su familia o para hacer algo en favor de los demás, ni tienen dinero para colaborar con alguna obra altruista. Pero siempre encuentran horas para ir al gimnasio o al “antro”, y para gastar lo que sea cuando se trata de comprar y divertirse.

Para alcanzar la eternidad hay que ayudar a los “lazaros” de hoy

¿Y qué pasó con aquel rico?, que finalmente murió. Entonces le llegó la hora de la verdad. Por que como dice San Juan Crisóstomo: “Cuando viene la muerte y se concluye el espectáculo de esta vida, depuestos los disfraces de la pobreza y de las riquezas, solo por las obras se juzga quiénes son (…) dignos y quienes indignos de gloria”. Este rico, después de un gozo incompleto y fugaz en la tierra, fue infeliz por toda la eternidad. ¡Qué pésima inversión! ¿Cuál fue su error? ¿Haber sido rico? ¡No! Fracasó por haber sido egoísta y abusivo, y no haberse compadecido del pobre “No era atormentado porque había sido rico, sino porque no había sido compasivo”, afirma San Juan Crisóstomo.

A fin de que eso no nos suceda, Dios abre nuestros ojos, enviándonos a Jesucristo, quien nos ha enriquecido con su amor, para que seamos capaces de amar, preocupándonos y ocupándonos de las necesidades materiales y espirituales del prójimo. ¡Hagámoslo ahora! Quizá mañana sea demasiado tarde. El rico de la parábola, comenta San Ambrosio, “empieza demasiado tarde a ser maestro cuando ya no le queda tiempo de aprender ni de enseñar”. Por eso Jesús nos invita hoy a reflexionar en la meta a la que estamos llamados y el camino que debemos elegir para alcanzarla. No esperemos eventos extraordinarios, señales deslumbrantes o profecías aterradoras para tomar la decisión adecuada. La oportunidad es ahora; no la dejemos pasar.

Escuchemos y asumamos la actitud correcta, viviendo cada día como hijos de Dios, que es amor. Para ello, pongámonos “en forma” a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos, de la oración y de algún sacrificio. Así seremos capaces de llevar una vida “de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre”, procurando hacer feliz a la pareja, a la familia, y a la gente que nos rodea, especialmente a los que carecen de alimento, salud, vivienda, educación, trabajo, de un salario justo y de un trato digno; a quienes se sienten solos, o se encuentran hambrientos del espíritu, confundidos y sin sentido. Esforcémonos por ser, como lo pedía el Papa Juan Pablo II, “Instrumentos del amor de Dios”. Así conquistaremos la vida eterna.