Quizá más de una vez, en medio de las crisis personales, enfermedades y problemas en casa, con la pareja y los amigos, en la escuela o en el trabajo, y ante un mundo plagado de injusticias, pobreza, violencia, sufrimiento y desórdenes, lleguemos a exclamar, con angustia y dolor, lo mismo que el profeta Habacuc: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches?”. Pues hoy, para los que probablemente nos sintamos así, Dios nos responde: “El justo vivirá por la fe”. ¡Si!, frente a las alegrías y las penas de esta vida, la respuesta es la fe. Por eso, Ortega y Gasset afirmaba: “Es más fácil lleno de fe morir, que sin ella arrastrarse por la vida”.

La fe es un don de Dios, por el cual nos unimos a Él, creyendo y aceptando la verdad que nos comunica. La fe “no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu”, sino todo lo contrario; “La fe trata de comprender”, enseñaba San Anselmo de Cantorbery. “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad –que es Dios mismo- para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”, afirmaba San Juan Pablo II. La fe “es una actitud que compromete toda la existencia”. Por eso, incluso en medio de la adversidad, Santa Faustina exclamaba: “Oh días grises de trabajo, para mí no son tan grises en absoluto, porque cada momento me trae nuevas gracias y la oportunidad de hacer el bien”.

La fe no es una invención para huir de la realidad y soportar el sufrimiento, sino la única forma de situarnos auténticamente ante la realidad, ya que nos permite captar, más allá de lo inmediato, “el fundamento sobre el que nos mantenemos”, como señalaba el Papa Benedicto XVI. Ese fundamento que es Dios, rico en misericordia. Por eso, el don divino de la fe, que requiere la cooperación de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, nos permite actuar con libertad, tanto en la dicha como en el dolor, comprendiendo que, como decía el Cardenal Newman: “Diez mil dificultades no hacen una sola duda”. ¡Todo se pasa!, solo Dios permanece para siempre. Y para hacernos partícipes de su vida, Él nos ha comunicado su palabra.

“A Dios rogando, y con el mazo dando”

¡Cómo necesitamos responder a esa Palabra con fe, rogando al Señor que aumente en nosotros este don que nos ha dado! Es una necesidad vital, no teórica. De ello depende el sentido de nuestra existencia, tanto personal, como familiar y social. Por eso entendemos la súplica de los apóstoles a Jesús: “Auméntanos la fe”; esa fe que Cristo ha comparado con un grano de mostaza “porque su semilla, aun cuando es pequeña, es la más fecunda de todas… un poco de… fe puede mucho”, afirma San Juan Crisóstomo. Puede tanto, que es capaz de lograr lo que parece imposible. “Hace dueño de sí mismo al que observa los mandamientos divinos”, comenta Teofilacto.

“La fe no busca cosas extraordinarias, sino que se esfuerza por ser útil, sirviendo a los hermanos desde la perspectiva del Reino. Su grandeza reside en la humildad: (somos siervos inútiles…). Una fe humilde es una fe auténtica. Y una fe auténtica aunque sea pequeña “como un grano de mostaza”, puede realizar cosas extraordinarias”, decía San Juan Pablo II. La fe realiza cosas extraordinarias ya que permite al Todopoderoso actuar libremente a través de nosotros. Por eso Jesús afirma que solo somos siervos, y que no debemos jactarnos de haber hecho el bien. “has hecho lo que debías hacer –comenta San Ambrosio-. Le adora el sol le obedece la luna, le sirven los ángeles y nosotros no debemos alabarnos porque también le servimos.

¡Todo lo bueno viene de Dios!, es Él quien nos da su gracia para que nuestra fe crezca. Lo hace a través de la enseñanza del Papa y de los obispos. Ellos, “cuando presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra, es la de Cristo, solo tenemos que custodiarla y presentarla”, decía el Papa Juan Pablo I. Conscientes de esto, no endurezcamos el corazón, y adhirámonos a la revelación divina, sabiendo que “no son las verdades ciertas e inmutables las que tienen que caminar… sino nosotros, los que debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor”, recibiendo los sacramentos, haciendo oración, y testimoniando –con palabras y obras- nuestra fe, “con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros”.