Una vez concluidos los premios Oscar y tras una muy amplia exposición mediática, es preciso seguir hablando sobre Yalitza Aparicio. Específicamente, es necesario repasar lo que ha representado en el contexto del México contemporáneo, justo ahí en la época de las “certeras” opiniones vía Twitter y en medio del avasallador tránsito de información a través de los medios. La figura de Aparicio no solo hace referencia al trabajo doméstico y a la labor cinematográfica, ha revivido y alentado el debate sobre el racismo y las concepciones de belleza en nuestro país.

Su aparición en la revista Vogue fue considerada “histórica”, ya que por primera vez en el país la publicación mostraba en su portada una mujer de rasgos indígenas, lugar mayoritariamente reservado para modelos caucásicas: “Se están rompiendo ciertos estereotipos de que solamente personas con cierto perfil pueden aspirar a estar en una película o estar en una portada de revista. Que estén conociendo otras caras de México me hace sentir feliz y orgullosa de mis raíces”, mencionó.

Algunas voces han rechazado desde entonces que la protagonista de Roma sea “bonita”, mientras las más benevolentes expresan que, en efecto, existe “otro tipo de belleza”. Es una verdad, apenas un poco incómoda dada su normalización, que los parámetros de belleza tienden a corresponder a aquellos presentados por el ideal físico anglosajón y europeo. Técnicas como el alisado de cabello, los tintes rubios, la colocación de pupilentes, así como las cirugías para empequeñecer la nariz y definir los párpados, estas últimas tan comunes en Asia, buscan emular y reconstruir esa belleza.  

En un artículo titulado Displaced looks: The lived experience of beauty and racism, la investigadora Mónica Moreno insiste que la belleza no es una cuestión trivial desde el momento en que se materializa en el cuerpo. Por lo tanto, se empeña en realizar un acercamiento al tema no desde una cuestión moral, es decir si es “mala” o “buena”, opresiva y demás, sino desde un ángulo empírico y pragmático, pues sus efectos son visibles y alcanzan las vidas de las personas, además, estos estándares belleza mantienen la inequidad de género y raza.

Sin embargo, Moreno también reitera que en México, concretamente, “las prácticas racistas han sido discursivamente separadas del particular entendimiento de raza de las cuales emanaron, adquiriendo su propia dinámica: las lógicas del mestizaje”, partiendo del mestizaje como el discurso oficial y esencia de la mexicanidad, continúa.

En el marco, las personas no son definidas solo como “blancas” o “negras”, del modo que ha ocurrido en otras sociedades del mundo, sino como “más blancas que” o “más morenas que”. ¿Alguna vez se ha sentido usted ofendida/ ofendido cuando se le define como moreno?, ¿ha respondido entonces con vehemencia que es más bien “apiñonado” o “moreno claro”?, ¿alguna vez durante su niñez o adolescencia deseó ser “güerito” dado la carga negativa o de “fealdad” que suele implicar la piel obscura y que es evidente con el transcurrir de la vida? Con eso basta, somos el pueblo que recurre al pantone para definir “el color de la gente”, que busca con entusiasmo crema de concha nácar y “leche de burra” para aclarar la piel, que mira el shampú de manzanilla como una promesa de esa soñada blonditud y que huye del sol temiendo requemarse.

Si algo perdurará como herencia y consecuencia de Roma, será la confrontación de los mexicanos con el racismo y la carga que ejerce sobre nuestra sociedad: “estamos en un momento en el que el país debe reconocerse a sí mismo como una nación racista. Sé que estoy diciendo una generalidad, pero la estructura social se construyó bajo esa base. Y esto ha sido lo más interesante de la temporada del Oscar”, dijo Alfonso Cuarón.