Cada año tenemos la oportunidad de celebrar la cuaresma. Un tiempo en el que, sin duda, proyectamos la celebración del Misterio Pascual. Es una perspectiva muy válida. Cuarenta días de espera para celebrar los misterios que nos han dado vida eterna. Sin embargo, la cuaresma tiene un valor que le es propio. Un objetivo. Nos presenta la oportunidad para detenernos un momento, frenando un poco el vértigo con que se desarrolla nuestra vida, y conscientemente orientar nuestra vida hacia Dios. 

Orientar nuestra vida hacia Dios, significa en primer lugar, reconocer que, los atractivos del mundo, y nuestra propia condición humana, proclive al pecado, nos han separado del camino que nos lleva a nuestro Señor. Y, en segundo lugar, que la plenitud de nuestra vida, la auténtica felicidad, está en vivir unidos a Dios, participando de su Gracia.

El Papa Francisco nos plantea esta realidad  en su mensaje de Cuaresma para este 2019. “El camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual (…) es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna”.

Buscar la meta antes de iniciar el camino 

¿Qué nos espera al final del camino? Es bueno preguntárnoslo ahora que acabamos de iniciar la marcha. No alcanzaremos la meta si no sabemos hacia dónde vamos. ¿Qué sentido tiene iniciar otra cuaresma? Tenemos que esforzarnos por concretar esos tópicos repetidos siempre cuando llega este tiempo litúrgico: tiempo de conversión, tiempo de penitencia, tiempo de preparación a la Pascua, pero en realidad ¿cómo se concreta esto? 

El Dios de nuestro Señor Jesucristo es la fuerza, el amor, la compasión, la bondad, el fundamento de todo ser. Por eso puede “transformar nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo” (2ª lectura). 

Por tanto, la meta del camino cuaresmal resulta clara: Transfigurarnos con Cristo Glorificado.

Experimentar y manifestar a Dios para mantenerse en camino 

La transfiguración con Cristo exige caminar “como amigos de la cruz de Cristo”. (2ª lectura) Esto requiere algo más que apreciar el símbolo cristiano, llevarlo al pecho o colocarlo en lugares públicos. La cruz de Jesús es la expresión máxima de la manifestación de Dios, es el amor sin límites, hasta las últimas consecuencias. Jesús, desde su profunda experiencia de Dios Padre se entrega a la liberación de sus hermanas y hermanos. Ser amigos de la cruz, es no temerla cuando a ella nos conduce el amor, la compasión, la justicia, la libertad, de cualquier persona. Empresa nada fácil para la fragilidad de cualquier humano si no es desde la experiencia profunda de Dios. 

El Dios Padre de Jesucristo se manifiesta en nosotros a lo largo del camino. La plenitud de esta manifestación en Jesús llegó con la Pascua, pero a lo largo del camino, Jesús experimenta la fuerza y el poder, la gloria del que lo sostiene y orienta. En el Evangelio de hoy esta gloria del Padre en Jesús es percibida también por sus amigos, a los que acaba de anunciarles lo que le esperaba en Jerusalén. Ver a Jesús transfigurado junto a Moisés y Elías es como una inyección que los ayuda a mantenerse fieles en el difícil camino. 

El encuentro con Dios 

Estos momentos se dan en la intimidad de la oración. Ahí va descubriendo el sentido salvífico de su pasión. Jesús en la oración se reconoce Hijo del mismo Dios revelado por Moisés y los profetas, culminando aquella revelación y en Él Dios se hace visible a los ojos de los otros, de sus discípulos, aunque tuvieron que dejar pasar un tiempo antes de comprender la realidad de lo que ocurría.

El encuentro con el Señor, la manifestación de su gloría en la vida de cada uno y en la sociedad, exige que nuestra fe sea algo más que una adhesión a las verdades reveladas y aprendidas. Necesitamos la experiencia vital, personal de sabernos hijos e hijas de Dios en camino, con una misión concreta y específica en nuestra vida. Como nos recuerda el Papa Francisco en “Alégrense y regocíjense”,  Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios: su santificación» (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio. (GE, 19)

Sea alabado Jesucristo.

Pbro. José Ramón Reina de Martino