Hoy en el Evangelio encontramos dos grupos. Uno, el de los discípulos que con alegría siguen a Jesús. El otro, el de la muchedumbre que con tristeza acompaña a una madre que va a sepultar a su joven hijo. Era “viuda”, aclara san Lucas. “Estas pocas palabras expresan la intensidad de su dolor –comenta san Gregorio- ya no esperaba tener más hijos… 

Solamente había criado a éste, y el solo constituía la alegría de la casa… era toda la dulzura y todo el tesoro de la madre”. La escena es desoladora. El cortejo marca con el corazón desgarrado ante una realidad que paree inmutable, y frente a la cual nada se puede hacer. Ha muerto un muchacho en lo mejor de la fuerza, la salud, la belleza, la audacia y los planes ¡Tenia tanto por delante!

“Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombree las sienten demasiado, se vuelven bestias”, afirma el Sancho Panza de Cervantes. Por eso, no debemos quedarnos ofuscados ante el dolor de aquella mujer y de esa muchedumbre, sino mirar más allá para comprender. “El difunto –escribió san Beda- representa al hombre adormecido en el féretro de mortales culpas… hijo único… por que la Iglesia, compuesta de muchas personas, es sin embargo única madre… los que le llevan al sepulcro son los deseos inmundos o las adulaciones de (los falsos) amigos”. ¡Que profundas reflexiones! Ante ellas, bien haremos en preguntarnos: “¿Acaso no seré como ese cadáver?”

Probablemente nuestra madre la Iglesia esté llorando al contemplar a quienes ama como sus hijos únicos, muertos por el pecado, que aniquila en nosotros la vida divina, y que nos encierra en el solitario féretro del egoísmo, del relativismo, y de la necesidad de placeres superficiales y pasajeros. ¡Cuántos jóvenes están “muertos” en vida!, porque han dejado de creer, de esperar y de amar. Porque, como cadáveres, se reducen solo a lo biológico, dejándose llevar por la moda que les impone formas de vestir, de pensar, de hablar, de divertirse y de actuar, resignándose a permanecer en el ataúd de la mediocridad, del alcohol, del “antro”, de la droga, de los negocios “chuecos” y de la indiferencia, sembrando así en los demás soledad y dolor.

Pero Jesús lo cambia todo ¡Él es la vida!

Pero –como comentaba el Papa Juan Pablo II-, precisamente en el momento en que el joven era llevado a enterrar, Cristo se acerca, como lo hace con cada uno de nosotros. Y al igual que al muchacho de Naím, nos dirige su palabra: “Levántate!”. Él nos revela que Dios, creador de todas las cosas, es también “el Dios de toda consolación”. Ya desde el antiguo Testamento lo había mostrado, particularmente en el milagro que realizó a través del profeta Elías. Sin embargo, es en Jesús, verdadero Dios y hermano nuestro, donde se manifiesta plenamente el “Dios que consuela”. Lo hace uniendo la riqueza del sentimiento y la eficacia de la acción. Compartió el dolor de la viuda de Naím; tocó el féretro, ordenó al joven que se levantara y lo restituyó a su madre.

A lo largo de los siglos, el Señor ha seguido resucitando a miles de personas que se encontraban muertas por el error y el pecado. Él no es un personaje del pasado, sino el Dios con nosotros, que nos ofrece continuamente el poder salvífico de su pasión, de su muerte y resurrección, para que libres del pecado y de la muerte, por su Espíritu, seamos hijos de Dios, participes de su vida plena y eternamente feliz, que consiste en amar. Este es el evangelio que predica la Iglesia, el cual no proviene de la reflexión humana, sino de lo que el propio Jesucristo nos ha revelado. El poder del Salvador es tal, que es capaz de transformarnos, como hizo con san Pablo, que de encarnizado perseguidor de la Iglesia, se convirtió en el gran Apóstol de los gentiles ¡No tengamos miedo de Cristo! ¡El “no quita nada, y lo da todo!”, como ha recordado el Papa Benedicto XVI.

“Joven yo te lo mando: levántate”, nos dice hoy Jesús, invitándonos a no perecer, matando su gracia y nuestra dignidad, aniquilando nuestra inteligencia, nuestro espíritu, nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, y el amor y la vida que Él nos ha dado. Si nos dejamos levantar por El, con identidad, proclamaremos, a través del testimonio de una vida coherente y libre, al gran Profeta que ha entrado en nuestro mundo para salvarnos. 

Entonces, nuestra madre la Iglesia se llenará de gozo y quitaremos el velo de tristeza que cubre el rostro de nuestra familia, de nuestra novia, de nuestros amigos y de los que nos rodean, para que juntos podamos exclamar: “Te alabaré, Señor. Tú me salvaste, a punto de morir, me reviviste”.