“Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Tú tienes palabras de vida eterna”. Así respondió Pedro a Jesús cuando Él, viendo cómo algunos que no comprendieron su ense|ñanza le dejaban, se volvió a sus discípulos y les preguntó “¿También ustedes quieren marcharse?” “La pregunta de Cristo… llega hasta nosotros, nos interpela personalmente y nos pide una decisión. ¿Cuál es nuestra respuesta?... Solo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad… Solo Jesús de Nazaret, el hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace 2 mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano”, afirmaba el Papa Juan Pablo II.

Conscientes de esto, seguramente hoy le preguntemos lo mismo que el doctor de la ley mencionado en el Evangelio: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” “¿Qué debo hacer para que mi vida tenga pleno significado y llegue a ser feliz por siempre?” Cristo nos responde remitiéndonos a la Ley, que es Palabra de Dios: ¡Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Haz eso, y vivirás”, afirma, haciéndonos ver que la felicidad que anhelamos es fruto del amor. Él mismo, que es “imagen visible de Dios invisible” y “primogénito de toda la creación”, en quien “tienen su fundamento todas las cosas creadas”, nos ha dado ejemplo de ese amor.

Amando al Padre, Jesús hizo suya la voluntad divina de salvarnos. Así, mirándonos enfermos y afligidos por el pecado, nos amó hasta el extremo de dar su vida para liberarnos y hacernos hijos de Dios. De esta manera, además de mostrarnos cómo se ama, nos ha comunicado su Espíritu de Amor, que nos da la fuerza para vivirlo. Por eso, invitándonos a entrar en la dinámica de su amor, que nos da la dicha, “pide con el mismo empeño el cumplimiento de uno y otro precepto”, advierte San Juan Crisóstomo. Sus mandamientos son luces en el camino, son el mapa del tesoro de la felicidad total y sin fin. “Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos… No son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance”, dice el Deuteronomio.

El amor es preocuparse y ocuparse del prójimo

El amor es preocuparse y ocuparse del otro, como afirma el Papa Benedicto XVI: “Según el modelo expuesto en la parábola del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación”. “Buen samaritano es quien se detiene para atender a las necesidades de los que sufren”, decía el Papa Juan Pablo II. ¡Hoy hay tanto dolor! Esposas y esposos a quienes el cónyuge, con su egoísmo e infidelidad, les ha robado la ilusión, dejándolos medio muertos de desesperanza. Jóvenes a los que la moda les ha robado la personalidad y sus auténticos valores, dejándoles la herida de la superficialidad, de la confusión y de la vulnerabilidad y la media muerte de una vida sin sentido.

Hoy existe mucha gente a la que con chismes o calumnias, se le ha despojado de su honra, causándoles la media muerte de la sospecha social. Hombres y mujeres a quienes se les ha arrebatado la autoestima, un sueldo justo, oportunidades de salud, de aliento, de hogar, de educación y de paz, y que ahora viven heridos por la crisis, la enfermedad, la ignorancia, la duda y la confusión, hasta quedar medio muertos de soledad. ¿Qué hacer ante tanto dolor?, ser buenos samaritanos. Como el beato Federico Ozanam (1813-53), esposo y padre de familia ejemplar, estudiante responsable y profesor eminente, quien diciendo, “quejémonos menos de nuestro tiempo y más de nosotros mismos”, hizo algo concreto por los más necesitados, fundado las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Otra “buena Samaritana”, la Madre Teresa de Calcuta, decía: “Hay tanto sufrimiento, tanto odio, tanta miseria, y nosotros con nuestra oración, nuestro sacrificio, debemos hacer algo, empezando en casa… El amor empieza en casa… Quiero que encuentres al pobre, primero, en tu propio hogar, y empieza amando ahí. Lleva esa buena nueva a tu propia gente. Así… El amor se extenderá cada vez más (…) en nuestro país y en el mundo”. San Doroteo Abad escribió: “Por más virtudes que posea un hombre… Si se aparta de este camino, nunca hallará reposo”. Ojalá comprendiéndolo, unidos a Jesús, procuremos cada día ser buenos samaritanos.