José Ramón Reina de Martino

Recientemente he tenido oportunidad de mirar una película que considero muy recomendable. Se titula Dios no está muerto. Muestra varias historias –de personas concretas– en las que claramente se ve la presencia y la acción de Dios, exactamente como Él actúa: desconcertante, pero con sencillez y de forma sumamente eficaz. Quizá la historia principal es la de Josh Wheaton, joven creyente y devoto, que recién ingresa a la universidad. Elige, sin pensarlo mucho, un curso de filosofía, que, sin él saberlo, lo pondrá en ocasión de fortalecer y testimoniar su fe.

El profesor de filosofía, de apellido Radisson, es un descreído con aires de ateo. En la primera clase, conmina a los alumnos a escribir en una hoja la frase “Dios está muerto”. Quien no lo haga, enfrentará una calificación reprobatoria. Por supuesto que Josh se rehúsa a hacerlo, provocando con esto que el docente lo amenace con reprobarlo, a no ser que verifique que Dios no está muerto.

El muchacho no se deja intimidar, con mucha firmeza y determinación se dispone a prepararse para demostrar que Dios no está muerto. Una de las escenas de la película nos presenta a Josh en la biblioteca consiguiendo libros para preparar su argumentación. Ahí tiene un encuentro con uno de sus compañeros –un chino de nombre Martin– que no cree en Dios, pero está impresionado ante la postura de Josh. Con mucha curiosidad le pregunta por qué hace eso. Josh, resuelto, le responde: “Veo a Jesús como mi amigo, y creo que es el hijo de Dios y no quiero decepcionarlo. Para mí no está muerto. Está vivo”.

No hay duda. Josh está convencido. Y con sus labios pronuncia lo que es una certeza en su corazón: “¡Jesús está vivo!” Es el mismo Jesús que Juan El Bautista, según nos lo presenta el Evangelista Juan en este domingo, ve venir hacia él, y a quien sin titubear presenta como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

La iniciativa la tiene nuestro Señor

En las tres lecturas de la Palabra de Dios de nuestra celebración dominical, encontramos este común denominador: Dios toma la iniciativa. “Te voy a convertir en luz de las naciones” (Is. 49, 6); “a quienes Dios santificó en Cristo Jesús” (1Cor. 1, 2); “vio Juan El Bautista a Jesús, que venía hacia él” (Jn. 1, 29). El propósito de esta iniciativa es realizar eficazmente nuestra santificación y nuestra salvación. Y precisamente en el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” se nos ofrece y se efectúa este gran don de Dios. Él nos da vida eterna. Nosotros no somos los autores de nuestra salvación. No podemos darnos la salvación.

Derramando en nuestros corazones su Espíritu Santo

Juan El Bautista nos señala con mucha claridad que esta santificación y salvación comienza a realizarse en cada uno de nosotros cuando recibimos “el bautismo con el Espíritu Santo” (Jn. 1, 34). Al ser bautizados sucede algo admirable, extraordinario. En el baño del Espíritu, recibimos la fuerza interior, fruto de la presencia de Dios, que nos transforma para que lleguemos a ser capaces de desear en la misma línea de lo que Dios desea. De amar lo que Dios ama. Y eso nos hace ser creaturas nuevas.

En la vida del bautizado, Dios se hace realmente presente. Así nos lo recuerda el Papa Emérito Benedicto XVI en su mensaje a los jóvenes del mundo, el 20 de julio de 2007. “Quien ha recibido el sacramento del Bautismo, recuerde que se ha convertido en templo del Espíritu: Dios habita en él. Que sea siempre consciente de ello y haga que el tesoro que lleva dentro produzca frutos de santidad”.

Para que seamos testigos vivos de su amor

“Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el hijo de Dios” (cfr. Jn. 1, 34). Con esta declaración de Juan El Bautista, también nosotros queremos demostrar que Jesucristo es el hijo de Dios, especialmente de dos maneras:

1. Conociéndolo. No intelectualmente, sino con nuestro corazón. Madre Teresa de Calcuta se hacía estas preguntas, que muy bien cada uno de nosotros podría formularse: “¿Conozco realmente a Jesús vivo –no por los libros, sino por estar con Él en mi corazón? “¿Estoy convencido del amor de Cristo por mí y del mío por Él?”

2. Viviendo como hijos de Dios. Reflejar en nuestras palabras y actitudes la presencia de Dios. Que todas las personas con quienes nos encontremos perciban los frutos del Espíritu Santo que habita en nosotros: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (cfr. Gal. 5, 22)

Sea alabado Jesucristo.