Ernesto Junior Martínez Avelino

Sin duda que uno de los precursores del pensamiento posmoderno es Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien proclama la metáfora de la “MUERTE DE DIOS” (cfr. La Gaya ciencia, No. 125) que significa la aniquilación de la razón y de todo fundamento de la realidad (metafísica), dejando al Universo sin sentido y al hombre en un vacío existencial (nihilismo); por tanto, si Dios ha muerto, si nos ha abandonado, es necesario un nuevo criterio que rija la existencia humana, y éste es el “SÚPER-HOMBRE” (cfr. Así habló Zaratustra), que exalta el valor del poder, la vida, el placer, el sentimiento e impondrá por la fuerza su propia verdad; no tiene límites, no cree en ninguna realidad trascendente, él es dueño de sí y de cuanto le plazca y es también parámetro para crear nuevos valores. Lamentablemente que esta propuesta de Nietzsche es la filosofía del mundo actual: La voluntad de aprovechar ahora el mundo y lo que la vida ofrece, de buscar el cielo aquí abajo y no dejarse inhibir por ningún tipo de escrúpulo(cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, en El Sermón de la Montaña).

Y ahora se plantea la siguiente cuestión: ante este panorama, ¿aún está vigente la propuesta del Evangelio? ¿No será una necedad suicida insistir en un mensaje que llama “dichosos” a quienes sufren, mientras los malvados se pasean impunemente? Aparentemente, la única propuesta para ser feliz en esta tierra es la del súper-hombre, pero hoy Jesús nos ofrece una propuesta diferente desde Dios, para ser feliz aquí en la tierra y allá en el cielo: las bienaventuranzas.

Ciertamente todos queremos vivir felices, decía San Agustín (De moribus Ecclesiae catholicæ, 1), pero el problema no es buscar la felicidad, sino en dónde la buscamos. Para el súper-hombre la felicidad está en la abundancia, en el exceso y la riqueza, pero para Dios la felicidad está en la “pobreza”, que no se entiende ya como una categoría social, sino como una actitud de “búsqueda” del Señor y confianza en Él. Por eso, la primera lectura el profeta Sofonías dice: Busquen al Señor… busquen la justicia, busquen la humildad, porque sólo quien busca de corazón a Dios, halla en Él su felicidad plena, como expresa Santa Teresa de Jesús: Nada te turbe, nada te espante todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta.

A esta felicidad que radica sólo en Dios, Jesús le llama bienaventuranza, y pudiera parecer una paradoja porque llama dichosos a los desgraciados y despreciables según los criterios del súper-hombre, pero en realidad ellos son quienes están más abiertos a la acción de Dios en sus vidas y pueden vivir actitudes de generosidad, de humildad, de deseo de paz y justicia, de interés por los demás, de crear puentes y no muros, y eso es lo que da la auténtica felicidad, lo que llena de sentido la existencia, cuando salimos de nosotros mismos más allá de los placeres egoístas y mundanos. Por eso Jesús llama “dichosos”:

  • a los pobres de espíritu, porque son desprendidos.
  • a los que lloran, porque al ser consolados por Dios son humildes ante Él.
  • a los que sufren, porque ponen su confianza en Dios.
  • a los que buscan la justicia, porque justicia es hacer lo que Dios quiere.
  • a los misericordiosos, porque ven al prójimo como Dios lo ve, con amor y perdón.
  • a los limpios de corazón, porque son transparentes ante Dios y no tienen nada que esconder.
  • a los que trabajan por la paz, porque luchan por un mundo mejor para todos.
  • a los perseguidos, porque son valientes y fieles al reino hasta sus últimas consecuencias.

Y Dios sigue actuando en este mundo no a través del súper-hombre, sino mediante la debilidad humana. Por eso, como decía San Pablo en la segunda lectura: “Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo para humillar a los sabios, a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen, de manera que nadie pueda presumir delante de Dios”.

Para concluir: quedémonos con aquellas palabras que pronunció Benedicto XVI recién elegido Papa: “Me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes” (19 de abril de 2005).