Desde Puebla el candidato presidencial del tricolor, Enrique Peña Nieto, resaltó la importancia del voto juvenil porque en esta elección 1 de cada 6 votantes son jóvenes.

Para los priistas poblanos la visita de Peña Nieto fue un tanque de oxígeno y el retorno de la esperanza en sus deseos de recuperar el poder cuando la ciudadanía votó por la oposición en 2010 produciendo una desbandada de priistas y la pérdida de la gubernatura, las principales alcaldías y el Poder Legislativo.

Sin duda, la visita representa la nueva forma de hacer política del PRI a través del videopoder al mostrar a un candidato confiado, ofreciendo compromisos a los jóvenes y evitando la sombra de los priistas incómodos. Quizá por eso el escenario del Auditorio Siglo XXI fue muy cuidado y casi pintado, como si se tratara de un set para la reivindicación de la imagen del candidato priista: jóvenes de distintos estratos sociales, en un multiclasismo que no renunció a su trazo folclórico.

Ante los jóvenes, Enrique Peña se definió como un candidato que no es producto de la mercadotecnia: “Esta es una fórmula de compromiso, no es una fórmula que tenga propósitos mercadológicos”, sentenció al presentar la firma de compromisos para aumentar la cobertura educativa en un 45 por ciento. Entre ritmos de percusiones y música pop apareció el candidato en el Siglo XXI, recinto con capacidad para 5 mil espectadores. Arropado por los jóvenes, diversas siglas y moda priista, Peña Nieto sonrió, posó para las cámaras y se detuvo unos momentos en el pasillo del auditorio para saludar con la mano levantada a los jóvenes del piso superior en el auditorio.

Los flashes se dispararon. Desde los gadgets sus seguidores lo protegieron. Algunas porras se escucharon en el auditorio mientras retumbaba una música pegajosa que por fuerte resultaba incomprensible.

No hubo presídium en el escenario
El candidato priista pidió a los jóvenes adoptarlo como su candidato, “el candidato de los jóvenes”.

Miguel Ángel González Romero, de la organización Jóvenes Unidos, evitó el facilismo del elogio y la adulación. Su discurso osciló entre los riesgos de la oratoria didáctica con citas de guiño socialdemócrata, pero en varias ocasiones naufragó en la vaguedad de las promesas etéreas. Sin embargo, resaltó el problema de la inequidad social, los excesos del capitalismo y —quién sabe sin con un aire de desideologización o con la dinámica del hibridismo— citó que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción ideológica”. El discurso de González fue anticlimático. Ante la música tribal y lo irreconciliable de la emoción sobre el argumento, el orador planteó algunas ideas distinguidas.

El segundo orador fue el esperado: Enrique Peña Nieto.

En el escenario un grupo de jóvenes de distintas clases sociales y vestidos con indumentaria del folclor indígena escuchaban al candidato del PRI como si el escenario reviviera alguno de esos magnos actos del lopezportillismo vintage. En un segundo plano, en las butacas de primera fila lo escuchaban azorados los candidatos del Revolucionario Institucional, así como miembros del priismo poblano.

En varias ocasiones el candidato del tricolor fue interrumpido por las ovaciones de sus seguidores. Esporádicos gritos muy sectorizados en el auditorio le lanzaron al candidato y algunas banderas se ondearon: un difícil equilibrio entre el entusiasmo genuino y el aplauso compensado por la dádiva. A diferencia de otros candidatos a la Presidencia de la República que han visitado universidades, en esta ocasión el candidato presidencial no sostuvo un diálogo con los jóvenes, simplemente escuchó al primer orador, los saludó desde la gestualidad escénica del auditorio y le sonrió con un profesionalismo postnacionalista a las cámaras.

Entre las porras de sus seguidores, y a pesar de que el cuidado escenario, el pulcro seguimiento de las cámaras al candidato y el educado sentimentalismo de las porras y las consignas, Peña Nieto se definió: “Esta es una fórmula de compromiso, no es una fórmula que tenga propósitos mercadológicos”.

Bajo los reflectores de haberse convertido en un partido de oposición light en Puebla, el candidato del tricolor realizó tres promesas de campaña, poco ambiciosas para una campaña presidencial y para un estado Puebla: la remodelación del Periférico Ecológico, la construcción de una ciclopista para jóvenes y la construcción de un segundo piso entre la VW y el estadio Cuauhtémoc. Esas promesas de campaña fueron, más bien, de un candidato a la alcaldía de la ciudad. A pesar de que su discurso lo dirigió a prometer una mayor cobertura educativa, no hubo ningún planteamiento concreto sobre el aumento de la matrícula de las universidades públicas en Puebla.

Cuando los reporteros quisieron entrevistarlo a su llegada, la avalancha de su séquito y la capacidad de sus guaruras para apartar a reporteras y reporteros, le permitió emitir una oración críptica en 10 segundos. El debate, el diálogo y la interpelación de los jóvenes ni siquiera existió en el programa.

Apenas firmó sus compromisos de campaña y se tomó la última foto, los jóvenes abandonaron el lugar. Sólo en los primeros lugares los priistas aguardaban con una devoción casi confesional a su candidato.

Compromiso 39
Enrique Peña Nieto firmó el  compromiso 39 de su campaña, para ampliar la cobertura en educación superior en el país y que ésta alcance al menos el 45 por ciento, lo que permitirá que un millón y medio más de jóvenes en México puedan cursar la universidad.

El candidato presidencial de la coalición Compromiso por México, señaló que hoy la cobertura alcanza cerca del 28 por ciento, lo que significa que sólo uno de cada tres jóvenes en el país tiene acceso a estudiar la universidad.