Javier López Zavala se ganó el título de cínico. La semana pasada, el candidato perdedor a la gubernatura acusó a Mario Marín de haber causado la debacle del PRI por el escándalo Cacho, y por haber impuesto a la mayoría de los candidatos a las alcaldías ignorando a la base priista.
Sugirió que él perdió por culpa de Marín.
Se le olvida a López Zavala que durante el sexenio pasado él fue cómplice en ambos casos: protegió, ocultó, corrompió, amenazó, cooptó, supo, ignoró y coaccionó a muchos ciudadanos que se atrevieron a cuestionar a Mario Marín por el escándalo de las llamadas telefónicas.
También se le olvidó que él fue quien armó la marcha de desagravio a su exjefe y para ello acarreó a toda la estructura, entre transportistas, obreros, campesinos, burócratas y muchos “come cuando hay”.
Cuando fue la elección de los candidatos a presidentes municipales, es cierto que él se opuso al nombramiento de Mario Montero —porque lo consideraba en ese entonces un perdedor— pero al final de cuentas lo permitió.
Zavala no reveló algo que no supiéramos. Dijo lo que muchos ya habíamos deducido: que se perdió por la influencia marinista. Claro, lo revelador de la noticia es que lo haya dicho él. Pero —y aquí vienen los “peros”— por qué no nos muestra todos los negocios ilícitos que se hicieron para limpiar la imagen de Marín, si de abrir la caja de Pandora se trata.
¿Cuánto se erogó del erario? ¿Por qué no nos dice cómo fue la amenaza que hiciera a Enrique Doger y a otros presidentes municipales, con el manejo de las cuentas públicas? ¿Por qué no nos cuenta cuando llamaba a sus oficinas a periodistas para mostrarles denuncias penales y pedir su protección a cambio de frenarlas?
No sería bueno que ya de una vez nos quitaran la duda sobre esa suposición casi cierta de que Mario Marín entregó la elección a cambio de protección. Porque lo que dijo López Zavala sólo fue algo de lo que el círculo rojo ya sabía. Es más, por qué no dice con todo y sus letras: “me engañaron, me engañó la estructura y Mario Marín”.
Zavala también se le olvida algo: él fue el perdedor. Él fue quien contendió. Y él no quiso ser ayudado en la campaña. A Javier López Zavala le trajeron a la empresa de consultoría política Cuarto de Guerra, encabezada por Carlos Mandujano.
Zavala nunca le hizo caso. Es más, ni los invitaba a sus reuniones. Los ninguneó. Sólo se encerró en su burbuja de Alejandro Armenta, Claudia Hernández, Óscar de la Vega y otros que no merecen ni la mención.
López Zavala brilló por su prepotencia y su arrogancia durante la campaña. Cierto es que de lo que carecemos los mexicanos es de memoria histórica, pero puede preguntarle a la militancia qué fue lo que ocurrió y por qué se perdió.
Cierto es que Marín fue uno de los que más ganara con la derrota electoral de su partido, pues actualmente camina por Puebla, come en el restaurante El Desafuero, de vez en cuando asiste al estadio Cuauhtémoc a su palco con su familia. Mantiene varios negocios. Y nadie le dice nada. Ni la justicia está detrás de él. Ni tiene que desembolsar más dinero para su imagen, que de por sí está dañada y no se puede más.
López Zavala se fue contra su mentor en un grito de desesperación para ser tomado en cuenta para alguna candidatura, pero es demasiado tarde. Ese deslinde lo tuvo que hacer hace un año y medio y, créanlo, hubiera ganado y derrotado a Moreno Valle. Y es que aunque no lo crean en la elección del año pasado no es que ganara el PAN, perdió el PRI.
Y eso ha provocado la locura en ese partido: la falta de un líder, de un dirigente. Actualmente sólo tienen a un títere como presidente, y a nivel municipal a una mujer que se sabe es cercana a Rafael Moreno Valle.
Han entregado al PRI.
Y sí, no hay liderazgos.
Sólo son unos locos que caminan sin rumbo peleándose por las cuotas. Esto, obvio, ha favorecido más al gobernador en turno.