Tras dos semanas de escarceos, el candidato del PRI a la alcaldía, Enrique Agüera, ha logrado poner el dedo en la llaga.
Para nadie es un secreto que los candidatos suelen perder el tiempo con las eternas promesas de siempre, con actos multitudinarios y con el despilfarro de recursos; sin embargo, a los priistas les cuesta mucho asumir su condición opositora para presentar una propuesta de gobierno contrastante con la administración en el poder.
Para la buena suerte del priismo, parece que su candidato ha encontrado una jugosa veta, que, de explotarla correctamente, le dará buenos dividendos electorales.
La seguridad y la obra con sentido social son dos temas que pueden permear en el electorado, toda vez que son los puntos más vulnerables de la administración morenovallista de la cual proviene el candidato oficial.
El tema de la seguridad es altamente capitalizable si consideramos el escandaloso crecimiento de la delincuencia en el área metropolitana.
Si de algo pueden presumir los priistas poblanos es que mientras fueron gobierno mantuvieron a Puebla dentro de los tres estados más seguros del país.
La inseguridad no sólo es un asunto de percepción, sino de realidad, la cual es perfectamente medible a través de las cifras oficiales ofrecidas por el Sistema Nacional de Seguridad, el cual demuestra la preocupante caída de nuestro estado y su capital en términos de criminalidad.
En menos de tres años, Puebla ha visto crecer tanto la delincuencia común como la organizada, la cual —es evidente— se ha venido adueñando de la zona metropolitana de manera alarmante.
Y en esa materia, el morenovallismo no puede presumir absolutamente de nada.
Puebla vive su peor crisis de seguridad y los que vivimos en Puebla de forma normal —sin helicópteros y docenas de escoltas— sabemos que cada día estamos peor.
De ahí que el discurso de Enrique Agüera en torno a recuperar la ciudad segura que Puebla alguna vez fue le puede dar un voto de confianza de miles de poblanos.
Por lo que toca a la obra con sentido social, es una petición generalizada de quienes quieren menos obras con sentido mediático, las cuales son la característica esencial del actual gobierno.
La gente de las colonias populares quiere más servicios y menos ruedas de la fortuna o teleféricos. Quiere calles pavimentadas antes que macro puentes con las iniciales de RMV.
En pocas palabras, existe una dominante clase popular que prefiere calles, banquetas y luz que un bello parque de diversiones en el que se empeña el Señor de Los Cerros en convertir a Puebla.
De ahí que la seguridad pública y la obra con sentido social puedan ser el camino para abrirle a Agüera el palacio de Charlie Hall.

Silveti, casta de dinastía en Madrid
Bajo una impresionante granizada, el más novel de la dinastía Silveti pisó fuerte en el ruedo de Las Ventas, para aguantar las arremetidas de la naturaleza y de un bravo y noble astado de Bohórquez.
Éste es un fragmento de la crónica de El Mundo sobre la gesta silvetista:

Una granizada de fuerza cinco. Bestial. Silleto el murube de Bohórquez. Bueno el saludo del mexicano a la verónica. Truenos y relámpagos. Lloviendo piedras. Las gaoneras del biznieto del Tigre de Guanajuato, nieto del Tigrillo, hijo de David, con la suerte cargada, fueron superiores. No importó que el ruedo se hubiera convertido en una laguna. A los medios se fue Silveti a brindar y a clavarse en los péndulos de su tío Alejandro. Pesaba la muleta. No importó. Por la derecha Diego corrió la mano. El toro no terminaba de humillar. Pero valía para estar con esa determinación. Por el izquierdo humilló menos. Empezó a caer el fondo del noble de Bohórquez. Las bernadinas, una de ellas cambiada, emotivas de verdad. Caía la mundial. Ni se inmutó Silveti. Pinchazo y media estocada en todo lo alto. Oreja meritísima.

Vaya casta de dinastía.