Remontándome a la campaña de 2010 viene a mi mente el desordenado inicio de la campaña de Rafael Moreno Valle, cuando reinaba la desorganización y era evidente la falta de un serio esquema proselitista.
En ese marco, providencialmente el candidato de Compromiso por Puebla anunció el regreso a Puebla de Fernando Manzanilla para hacerse cargo de la coordinación de la campaña por Casa Puebla.
De la noche a la mañana, Manzanilla metió al redil a todos los operadores morenovallistas permitiendo que el candidato dedicara el tiempo a recorrer todos los rincones del estado, con la tranquilidad de tener a un eficiente coordinador general.
A partir de entonces, el rumbo de la campaña del ahora gobernador cambió, dirigiendo a todo vapor el barco a Casa Puebla.
En aquel entonces recibí, en la cabina de la 102.1 FM, a Moreno Valle, a quién le pregunté: “¿Candidato, en caso de ganar la elección, llevarás a Fernando Manzanilla a tu gabinete?”
Tajantemente, me contestó: “No Enrique, Fernando viene a Puebla a colaborar en la campaña, pero después de julio regresará a manejar sus empresas”.
El tiempo demostró que la palabra de Moreno Valle tenía menos valor que la vida en Guanajuato. 
Fue así como después del triunfo electoral Manzanilla encabezó el proceso de transición, en medio de un álgido clima en donde la capacidad conciliatoria de este personaje permitió una pacífica entrega recepción.
A la vez, Fernando Manzanilla se encargó de la reingeniería del gobierno morenovallista, donde desaparecieron varias secretarías, se crearon otras, se fusionaron algunas más y se conformó una: la súper Secretaría General de Gobierno.
Con el aval del Señor de los Cerros, Fernando asumió la súper secretaría y, en su carácter de jefe de gabinete, se apoderó de Casa Aguayo, desde donde cumplía las funciones de un vicegobernador.
Nadie dudaba del poder de Manzanilla, cuya relación con Moreno Valle era comparada con la de José María Córdoba Montoya con Carlos Salinas de Gortari.
Y no era para menos, así como el asesor galo era considerado como el cerebro del salinismo, Manzanilla era visto como la materia gris del morenovallismo.
El esquema de poder empezó su desgaste con la boda de Fernando Manzanilla con la hermana del gobernador, Gabriela Moreno Valle, decisión que enfadó al gobernador, por el desgaste que generaría el hecho de tener a su cuñado como el jefe de su gabinete.
Suman muchas las historias de enfrentamientos entre los dos cuñados, pero sin duda, la gota que derramó el vaso fue la supuesta traición de Moreno Valle, quien había asegurado a Manzanilla la candidatura a la presidencia municipal.
Este hecho provocó un rompimiento real entre estos dos personajes, culminando el día de ayer con la decisión de Fernando de declinar su diputación, para evitar un mayor desgaste entre ambos.
Sin embargo, me parece que la posición de Manzanilla está muy lejos de ser una rendición, por el contrario, creo que es el principio de una nueva historia.
Nadie conoce mejor las debilidades de su cuñado que Fernando Manzanilla, quien —en caso de decidirlo— puede convertirse en el autor intelectual del declive morenovallista.
Por lo pronto, el morenovallismo ha perdido al hombre más talentoso de su primer círculo y el único capaz de generar condiciones de diálogo con los grupos antagónicos.
Y lo peor, perdieron al hombre que conoce a la perfección las negras entrañas de este grupo político.