Tanto tiempo hace que lo conocí que no existe registro virtual de ello, y ya es decir mucho. Era Vicente Leñero, parado sobre un templete colocado en la explanada de la presidencia municipal de Benito Juárez, en Quintana Roo, y que la mayoría conocemos como Cancún.
Era la primera edición del Festival Internacional de Cultura del Caribe, que reunía a una veintena de países en una fiesta de ritmos, poseía, cuentos, novela, teatro y muchas expresiones pláticas ricas en matices y colores propios de un archipiélago en la región bañado de aguas azul turquesa.
De Leñero ya era obligada la lectura del libro Los periodistas, una obra que a muchos de quienes comenzábamos en el oficio ayudó a entender los juegos de poder, la perversidad del sistema presidencialista y el periodismo que se ejerció desde las páginas de Excélsior, en la época de Julio Scherer García.
Leñero estaba colocado detrás de un micrófono de pedestal y a un costado, con micrófono en mano, otro poeta al que ya había leído y que era además un teatrero y promotor cultural, tan versátil como locuaz, Alejandro Aura (1944-2008). 
Ambos habían sido convocados para abrir el programa de esa tarde, ya con el sol a punto de caer y el ruido intenso de las parvadas aleteando a las copas de los flamboyanes, tan de la zona Caribe.
Se trataba de un número, montado probablemente ex profeso, en el que el Leñero, adusto, detrás de sus bifocales, haría una exposición sobre alguna idea con palabras que sólo los iniciados podrían discernir, pues la riqueza del idioma era notable en un autor que había estudiado ingeniería industrial, era notable.
El trabajo de Aura consistía en traducir al lenguaje mundano de una concurrencia enorme, integrada por el turista que suele viajar a ese destino de playa, las palabras de Leñero. 
La chispa de ambos permitió a quienes tuvimos el privilegio de asistir a esa tarde caribeña, disfrutar de un espectáculo de notable inteligencia, rico y divertido. El autor de la obra convertida en objeto de culto como Los periodistas contrastaba con el que teníamos frente a nosotros. El sentido del humor, fino y mordaz era una delicia.
El periodista Rubén González Luengas, que entonces hacía televisión cultural en México, como el autor de estas letras, tenga un mejor registro de lo que aquí se ha narrado. No lo sé, tal vez.  
“Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,/ pedir los abrigos y marcharnos,/ aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo/ y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;/ se quedarán los demás, que cada vez son otros/ y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,/ también el hueco de nuestra imaginación se queda/ para que entre todos se encarguen de llenarlo,/ y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,/ como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo/ y luego, sin rencor, deja de estarlo”, escribió Alejandro Aura, a manera de despedida. ¿Por qué no? 
Que en paz descanse Leñero, que seguro no estará entre los homenajeados de los hombres anodinos del poder político.