La ceremonia de conmemoración CLIII de la Batalla de Puebla este 5 de mayo quedará en el imaginario por la ausencia del presidente en turno, como no había sucedido en años. 
La virtual cancelación de la visita de Enrique Peña Nieto a la sede de la escenificación de la pelea del general Ignacio Zaragoza contra las tropas francesas un 5 de mayo de 1862 ocurre en un momento particular en la vida política en el estado y el país entero. 
Este reportero consultó con varios colegas de larga trayectoria en el oficio sin tener un dato preciso: la ausencia de la investidura presidencial en una conmemoración de la dimensión del triunfo de México contra los franceses en la zona de Los Fuertes es nebulosa. 
Nadie recuerda con exactitud cuándo y quien fue el mandatario que se ausentó de un onomástico de enorme significancia para la mexicanidad tan necesitada de símbolos que levanten el estado de ánimo alicaído.
Los elementos que confirman vaticinar la ausencia de Peña Nieto parecen incontrovertibles. 
No había hasta ayer domingo avanzada del Estado Mayor Presidencial, tampoco del staff de la Oficina de la Presidencia había arribado al territorio y por si fuera poco, en la agenda prevista con por lo menos una semana de antelación en las actividades presidenciales, nunca se contempló escala alguna en la capital de Puebla.
La maledicencia dirá que se trata de un mensaje con un claro propósito. Consiste en hacer saber en el territorio dominado por un ala del panismo que el enojo por la arenga de Martha Erika Alonso de Moreno Valle el 19 de abril cuando cuestionó a Peña Nieto por su guapura pero ineficacia en el gobierno es latente, existe y no la van a dejar pasar.
Y es cierto. Una fuente habitualmente bien informada en la Ciudad de México confió al reportero que el lunes 27 en un comedero de la clase política en Polanco,un alto funcionario de la Secretaría de Gobernación comía con Alejandro Moreno, el candidato del PRI-PVEM al gobierno de Campeche. 
El segundo dijo al primero: “son chingaderas” y le mostró en su teléfono móvil el mensaje de la esposa del gobernador de Puebla pronunciado el 19 de abril en un acto de campaña panista. Los 57 segundos en Youtube eran demoledores. El interlocutor que despacha en Bucareli con derecho a picaporte en Los Pinos asintió adusto.
Habrá quien sugiera que la inasistencia presidencial a la conmemoración de la Batalla de Puebla se debe a la violencia desatada el fin de semana en Jalisco,  con al menos 39 bloqueos en 17 municipios, el derribo de un helicóptero del Ejército y la muerte de siete personas y 19 lesionados. 
El problema es que la modificación de la agenda presidencial ante la capacidad de fuego de un grupo de delincuencia organizada en el bajío entraña un mal precedente en la comunicación política de un gobernante mexicano que se ha resistido a dar un estatus especial a la delincuencia organizada desde que arrancó su gobierno.
Manda una mala señal a los mercados, atentos a los sucesos de un Estado capaz de modificar su constitución para modernizar las reglas del juego en temas que antes fueron tabú como el sector energético y de telecomunicaciones. 
Pierde la oportunidad el Peña Nieto lanzar una proclama por la defensa de la soberanía nacional contra los nuevos riesgos que suponen los narcos, secuestradores, extorsionadores o lo que sea desde una palestra ideal como la conmemoración de la Batalla de Puebla. 
La ausencia lleva a una pregunta obligada: ¿Pues qué mala cara habrá visto el Presidente?