La cosa se pone cada vez peor. Ya no se limitan a gritar consignas ni a llamarnos “asesinos”, sino que cada vez se atreven a más. Insultos, pintas en las paredes, agresiones físicas, atentados a la propiedad privada, irrupciones en el ruedo son algunas de las acciones que pronostican hechos más violentos que, si las autoridades siguen tan perdularias, han de venírsenos encima.
Llegó la hora de que los taurinos nos unamos y empecemos a defender nuestra libertad, porque este problema es de libertades. Que no me cuenten que se trata de defensa animal cuando los ambientalistas hacen muy poco, si no es que nada, por el ganado estabulado y por las aves enjauladas, seres que pasan sus breves y miserables vidas en espacios minúsculos para convertir en dinero lo más rápidamente posible su carne, leche y huevo. También, si los animalistas quieren trabajo deberían dedicar sus energías a proteger a las decenas de perros que diariamente son planchados en las carreteras de nuestro vanguardista país.
El que esto escribe simpatiza con los defensores de los animales. En lo personal, pienso que no tenemos ningún derecho sobre bestias, fieras y alimañas. Lo de que somos los dueños de la creación, me suena más a rollo sandunguero para sacar provecho sin escrúpulos. Soy de los que creen que muchos animales son más dignos de salvación que los variados hijos de puta con los que a veces alternamos. Es lema heredado de mi abuelo lo de que mientras más conozco a la humanidad más quiero a Saramago, mi perro. No se asombren, uno busca pretextos para repetir el nombre de los personajes a los que amamos por los buenos ratos que nos han dado.
Me irritan sobremanera los toreros tramposos que matan a un novillete amputado de los pitones y todavía hacen poses como si estuvieran enfrente de un cinqueño de Miura. Borraría del mapa a los que organizan peleas de perros. No me gusta la pesca y no simpatizo con el deporte que consiste en esconderse tras un arbusto a cien metros de distancia para que apuntando con una mira telescópica matar a un animal. En cambio, admiro profundamente el enfrentamiento leal de los toreros serios que se ponen en los terrenos de un verdadero toro y le incitan a la arrancada resaltando el pecho y por si fuera poco, con un pie echado para adelante.
Mientras los antis se reúnen, se desnudan, pintan, gritan, atacan y gastan dinero en sus batallas, nosotros, los taurinos, subimos memes a las redes sociales. Llegó el día de cambiar la estrategia y empezar desde adentro. Que el toreo realmente sea lo que decimos, para que no nos tiemble la voz a la hora de defenderlo. 
Podríamos principiar con detalles como que el encuentro en el ruedo esté fincado en la lealtad. Cosas simples, por decir algo, que los rejoneadores no mutilen los cuernos de los toros dejándolos desarmados. Que los matadores lidien animales de más de cuatro años de edad y no novillos o en algunos casos de desvergüenza a ultranza, becerros. Que los toreros desprovistos de valor se vayan discretamente y que no hagan cosas como ponerle droga a los merengues.
Siempre que tocó el tema de los antis, a mi siniestra y atroz memoria acude el recuerdo del video aquel en que la activista defensora de los animales, una gringa que deambulando en pleno encierro protestaba contra las corridas de toros, de pronto, en un callejón se dio de frente con el torazo. Pensó que era Ferdinando, el de Walt Disney, y que lo podría controlar con mimos: “¡Oh! Sweet babe”, el morlaco la miró fijamente los dos segundos que tardó en arrancarse para arreglarle su asunto y dejarla cosida a cornadas. No sé si a la gringa le quedó claro que los toros de lidia lo que mejor producen son embestidas y a mí, lo confieso perverso, me dio mucha risa. 
¿Debemos, entonces, empezar a gritarle a los antiasesinos y bárbaros porque prefieren la vida de un animal a la de un ser humano? No. Con la verdad de nuestra parte, podremos defender sin titubeos a la fiesta y sin llevar a cuestas la sensación de que nos están viendo la cara, asistir a cuanta corrida se anuncie. Además, que las agrupaciones de toreros, ganaderos y empresarios se organicen y paguen —no veo por qué no, si ellos trincan el varo— un buen despacho de abogados, un grupo de profesionales que les digan cómo pueden salvaguardar la tauromaquia de los antis y sobre todo, de las incompetentes autoridades. Las peñas, las agrupaciones y los aficionados que campamos solos, deberemos reunirnos con los diputados para pedir que blinden la fiesta y dejarles en claro que ya estamos hartos de tanta mala leche y de tanto doble juego.