Qué distinto sería si el abuso que sufrió un menor de 13 años de edad, estudiante de la Academia Militarizada “Ignacio Zaragoza”, que fue agredido por un exsargento porque dice "le faltó al respeto", hubiera ocurrido en otro estado, incluso en la Ciudad de México.

La escuela hubiera sido cerrada para que además se investigaran otros abusos, el exsargento venido a maestro estaría ya buscando trabajo de "guarura" tuerce dedos, la Secretaría de Educación Pública hubiera dado aviso de una enérgica sanción. La Fiscalía General del Estado (FGE), ya habría llamado a declarar al agresor, al jefe de este y a todos los involucrados para respaldar la protección al menor en este tipo de casos.

Pero no es así.

El caso sucedió en Puebla donde los compadrazgos, los amigos de "piquetes de panza" y hasta los que se comparten sus "cariños", han evitado que se haga justicia.

Además "todos" estamos en campaña política, ¿cómo intervenir si se puede malinterpretar?

Atender un caso de un menor víctima de abuso en su escuela podría ser proselitismo.

¡Ni lo mande Dios!

No sea que mañana cateen la casa del fiscal del estado o de la encargada de la SEP y les encuentren propaganda política subversiva.

No. Mejor dejaron el asunto para después de enero.

Qué importa que el niño esté perdiendo la escuela, porque desde que fue agredido no ha regresado.

Y el director no ha terminado de hurgarse las ‎fosas nasales en busca de simbolismos verdes.

Le cuento de nuevo la historia

Ocurrió cerca de las 10 horas del pasado 26 de abril, en el interior de la Academia Militarizada “Ignacio Zaragoza”, uno de los estudiantes del segundo año de secundaria de nombre Aldo, quien tiene 13 años de edad, platicaba con otros de sus compañeros cuando se les acercó un exmilitar, de nombre Jacobo, quien los miró por “arriba del hombro”, en una actitud como de perdonavidas y no faltó que uno de los alumnos advirtiera este desplante y Aldo dijera “es artillero”.

La sola palabra de “artillero”, que no es otra cosa que la especialidad del mencionado exmilitar, llevó a este a una actitud violenta y se fue contra el grupo de estudiantes para encontrar a quien a su criterio lo había “ofendido” y sin importarle que se trataba de un menor de edad, para “quedar bien con todos” le torció dos dedos de la mano izquierda, ocasionándole una lesión capsulo ligamentosa del segundo grado, que hasta ese momento el menor no sabía de qué se trataba.

Aldo es un menor de cerca de 1.70 de estatura, pero que tiene 13 años de edad, y quien como consecuencia del abuso no pudo mover ni la mano ni el antebrazo, y pese a que se quejó, aún así tuvo que participar en las prácticas para la marcha del 5 de Mayo, le dieron un mosquetón y lo pusieron a marchar.

La agresión física del “sargento” Jacobo provocó que el menor tuviera dificultades para controlar el arma larga que le habían entregado y estas mismas lo llevaron a tener un choque con uno de sus compañeros y este, por el mismo accidente, le dejó caer el arma provocándole a Aldo una herida en la parte derecha de la cabeza —lo descalabró—.

Al menor lo llevaron al área médica, le dieron una pastilla para el dolor y le dijeron que “no pasaba nada”.

Ni militares son

Los padres de Aldo acudieron primero a la Zona Militar para presentar una queja por lo que había ocurrido y les dijeron que esa escuela, Academia Militarizada “Ignacio Zaragoza”, no tenía nada que ver con la milicia, es solo una escuela donde exmilitares son los que se encargan, por lo cual se deslindaron del centro escolar, ese le pertenece a la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Y luego entonces en el despacho de la titular de la SEP, Patricia Vázquez del Mercado, llegó la misma queja que le acabo de comentar.

Y esta misma queja llegó a la Fiscalía General del Estado (FGE), que fue registrada con el número de Averiguación Previa 1483/2016/AESEX.

Y le comento por qué tantas quejas.

A los padres del menor agredido por un exmilitar, del que no se sabe si es maestro o sigue siendo “artillero”, el mismo director de la academia, gerente general Daniel Guzmán López, les juró y perjuró que no iba a permitir el abuso y que iba a pedir la renuncia del agresor, sobre todo porque no es la primera vez que violenta al niño porque le molesta que este sea un poco pasado de peso y más alto.

Pero no fue así, el sargento Jacobo al siguiente día se le paró de frente a la mamá y al menor afectado, no les dijo nada, pero les dio a entender que no le había pasado nada.

Lo protegieron.

Y no faltaron las quejas por los abusos que ocurren en esa academia militarizada, donde a los estudiantes les practican al diario el bullying.

Los ofenden, los golpean, los castigan, los amenazan.

Y todo en una presunta educación militar.

Y ya ni siquiera son militares.

Nos vemos cuando nos veamos.

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