Mientras los débiles partidos políticos de oposición —por así llamarles de manera benevolente— lucharon durante décadas por disminuir la enorme brecha que existía con el PRI; los tricolores disfrutaban de su dominante mayoría, cayendo en todos los excesos que terminaron cobrándoles factura.

Hoy, muy lejos de esas épocas doradas, en una etapa decadente, el priismo parece no entender su cruel realidad. No hay encuesta, que les termine de abrir los ojos, para poder enfrentar su nueva realidad. Se niegan a aceptar que si no cambian radicalmente, su estado es terminal.

El PRI vive lo mismo que el PAN de los setentas y ochentas. Son una oposición débil, pero que a diferencia de los azules que entendían que el primer objetivo no era ganar elecciones, sino acortar las distancias, los tricolores siguen creyendo que con su voto duro y un buen candidato puede llegar un milagro electoral.

Para su mala suerte, en política los milagros no existen y su única posibilidad estriba en luchar por acortar distancias y pensar en pelear posiciones legislativas y presidencias municipales en la intermedia federal de 2021.

No se dan cuenta que entre más rápido asimilen en nivel de su enfermedad, más probabilidades tendrán de sobrevivir como fuerza política.

En Puebla, por los caprichos del destino o de lo que haya sido, el PRI se encuentra en la posibilidad de colocarse como segunda fuerza política, remontando a un PAN que se desmorona como un gigante de arena.

Si los priistas de Puebla dejaran de pensar cómo priistas y asumieran su condición opositora, se percatarían que tienen ante sí una oportunidad impensable hasta antes del día de navidad.

Con 80 presidencias municipales, otras tantas de presidentes que ganaron por la llamada ingeniería morenovallista sin ser del PAN y que hoy son agentes libres y en medio de la debacle blanquiazul, el PRI se encuentra en una posición que podrían aprovechar a cabalidad.

El problema es que su ADN los traiciona y vuelven a las prácticas de siempre. Cuadros quemados, chantajes partidistas, simulaciones y sobre todo, un equivocado concepto de disciplina hacia sus liderazgos nacionales.

Por increíble que parezca, no les cae el veinte que su dirigencia nacional tiene menos fuerza que un Sidral.

Pero cada vez que Osorio, Massieu y compañía levantan el teléfono, los priistas poblanos tiemblan y se doblan. Es su naturaleza.

A sus jerarcas de la capital les vale madre su militancia en Puebla; para ellos lo importante es negociar jugosas prebendas, sin importar sacrificar a sus debilitadas y moribundas huestes estatales.

Si los priistas reclutaran esos agentes libres que hoy deambulan por el estado en total desamparo, sumados a sus 80 presidentes municipales y apostarán por una figura fresca, joven y hasta apostando porque esa candidatura recayera en una mujer, dadas las condiciones de esta elección extraordinaria derivada de la muerte de una gobernadora, quizá podrían pensar en subir esos raquíticos 10 puntos que señalan las encuestas, hasta alcanzar los votos suficientes para mandar al PAN a un insospechado tercer lugar.

Y salta la incrédula pregunta: ¿serán capaces los priistas de cambiar su ADN para romper con sus viejas prácticas políticas?

Aunque lo dudo, veremos y diremos.