Entre las múltiples frases que dejó para la posteridad el chileno Roberto Bolaño, a quien le siguen atribuyendo textos inéditos quince años después de su muerte, hay una en particular que encaja perfectamente en el día a día en la oficina, en el bar, en la cama, frente a la hoja en blanco y, por supuesto, en el futbol: Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.

La Franja se plantó en el estadio Azteca con una propuesta —porque también jugar a no dejar jugar es una propuesta—, tan previsible, que resultó, más que romántica, de resistencia conmovedora.

Una de las virtudes que conlleva ser el débil, el que no tiene otra opción para salir triunfante que el “sea como sea”, es que invariablemente terminas ganando un poco de compasión y ternura.

Los del Chelís recularon y recularon, se pusieron contra las cuerdas a lo largo de todos los rounds, buscaron resistir todos los golpes furibundos que América le asestó a lo largo de poco menos de noventa minutos; se gastó el tiempo que no existía en el reloj y, por si faltaba algo más, porque el guión así lo necesitaba, se tuvo que inventar lesiones producto de golpes al aire cuando las verdaderas, como la patada de Nicolás Castillo al rostro de Vikonis, pasaron de noche para el árbitro central y para las cámaras y para los comentaristas.

Los poblanos buscaron llevarse la pelea —porque boxear sin boxear también está permitido y da victorias—, esperando encontrarse con un golpe demoledor que mandara a la lona a un rival cansado, sin ideas, pero con más recursos. Un golpe que llegó y que perdonó.

Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear. Y el Cuauhtémoc, el próximo viernes, se presta como una oportunidad inmejorable para conocer las rimas y prosa de un equipo que, de vez en cuando, nos debe enamorar.

Nos leemos la siguiente semana. Y recuerden: la intención sólo la conoce el jugador.