La verdad, de eso se trata la cosa, de vender muy caro el pellejo. Chacón se armó de valor desde el momento en que el cinqueño de Victorino apareció por la puerta de tragar paquete. El toro salió refrendando la leyenda negra de la casa, es decir, nada más pisar el ruedo y se orientó en plan alimaña, pero Octavio Chacón le aplicó el correctivo a nivel superior poniéndose por delante con la capa e invitándolo a seguir los vuelos de la tela mientras el diestro caminaba para atrás. Era cuestión de que la fiera se confiara.

Ese morito mexicanizó a Valencia, no porque fuera un Marqués del Saltillo, vía Albaserrada, sino por su presencia terciada, pero, a cambio -y así no salen en México-  tenía cinco años y unos pitacos para espabilar al más pintado. El encornado sabía más cosas que un filósofo alemán y desde los primeros pases de muleta decidió que perseguir el trapo era cosa fatua y se fijaba más en el torero. En ese momento, fue que la gesta de Chacón comenzaba a fraguar. Nada de amedrentarse, impávido en la quietud, con el suficiente conocimiento del oficio para superar cualquier adversidad, sumados dos cojones y cara de hombre, o sea, decisión, coraje y entrega, se colocó en la línea de las tarascadas, cada embroque hacía presentir el derrote seco, hasta que, consecuencia del aguante angustioso, fue alcanzado y herido.

Un héroe es el personaje que realiza una acción extraordinaria y que redunda en un bien para su grupo social, en este caso, el disfrute de admirar lo lidiado de manera correcta y con enorme valentía. Dice la definición que el héroe encarna los valores reconocidos por su comunidad y que le sirven al exponer su integridad generosamente con objeto de salvar a otros, mismos que le otorgan su admiración y reconocimiento. Y Chacón salvó a todos de la miseria y lo pedestre. Por su superioridad, un héroe nunca es comparable con los seres humanos comunes, del que hoy estamos hablando nos puso a considerar lo valiente que puede ser el hombre en pos de una ilusión y la profundidad que ese mismo hombre puede derrochar en lo que llamamos la grandeza del toreo.

Desde el Romanticismo, el héroe ha perdido su condición divina, a cambio, partiendo de su humanidad, emplea toda su energía en cometer una hazaña, un acto de nobleza extrema y por ello, se lanza a cumplir su destino sin parar mientes en la dificultad del asunto. Además, es un ser que se aparta de los demás por sí sólo, por ello, la lucha la lleva a cabo en la más tremenda soledad, al caso, la misma que un espada vive en el ruedo.

Chacón, en su sitio, libró las primeras escaramuzas, la alimaña no quería completar el pase y el torero, en modo héroe, no lo iba a permitir. Encajo las zapatillas en la arena y por ese motivo, no alcanzó a esquivar el tornillazo. El merengue lo levantó de la ingle y así lo trajo un lapso de minuteros detenidos, después  de girar en el pitón, el toro lo depositó en la arena. En la refriega, el coleta se salvó de una cornada en el maxilar por un pelo de gato; ya se sabe, los toros levantan con un cuerno y con el otro tiran el hachazo. Se pensó en una cornada de caballo, daba a suponer una herida de safena y femoral. No fue así. Cerca de tablas, Octavio Chacón se recuperó un poco y desmadejado volvió a la carga. Con su actitud, el héroe ponderaba sus virtudes, valor, nobleza, entrega, espíritu de sacrificio y con una dignidad enorme intentaba no dar señales de lo que el golpazo le estaba doliendo. Mató al toro y con una oreja en la mano, dejó a los cronistas que relataran su hazaña.

Dijo Nietzsche en Así hablaba Zaratrusta que en nuestros días, los héroes escasean. Se refería a que con la liviandad de los tiempos modernos, industrialización, progreso y consumismo, los mitos y los valores que sostenían a los héroes han desaparecido y por ello, estamos ávidos de seres que nos señalen el camino.

Por gestas como la acometida por Chacón, me gustan las corridas. Es que el torero se adelanta y me muestra cómo debo comportarme en el camino. Allí, en el laberinto que es la vida, yo encuentro mis propios monstruos y también, un ideal y un ejemplo para combatirlos. Perdido en los vericuetos de mi propia existencia, un héroe vestido de oro me ha mostrado la manera más digna de alcanzar la salida. Lo entiendo con claridad, Octavio Chacón lo ha dejado escrito en la arena: el triunfo no se mide por la posición alcanzada en la vida, sino por la manera como se consigue ese triunfo.