Cuando iniciaron las amenazas contra la Plaza México, en solidaridad, muchos toreros se tomaron fotografías con la palabra "libertad" rotulada en su mano. Cuando hice lo propio, mi hija Ana Belén, quién estudia filosofía, me cuestionó:

"¿A qué acepción de libertad te estás refiriendo? ¿Qué entienden tú y esos toreros activistas por libertad?"

La palabra libertad se ha usado en más de cien formas distintas. Bajo este concepto han iniciado revoluciones, se han disputado guerras y es un lugar común en campañas políticas. Así que mi hija tenía razón en examinarme. 

John Stuart Mill decía que "la única libertad que merece tal nombre es la de perseguir nuestro propio bien, a nuestra propia manera, siempre y cuando no intentemos privar a otros del suyo o impidamos sus esfuerzos por alcanzarlo".

Para el filósofo británico cada individuo es responsable de sus actos y de su propia salud, mental, física y hasta espiritual. Afirmaba: "La humanidad sale ganando más consintiendo que cada cual viva a su manera antes que obligándose a vivir a la manera de los demás" (Mill, 2017).

Este concepto de libertad nace en sociedades que han alcanzado un alto nivel de civilización. Como lo explica Mario Vargas Llosa, "supone que la soberanía del individuo debe ser respetada porque es ella, en última instancia, la raíz de la creatividad humana, del desarrollo intelectual y artístico, del proceso científico. Si el individuo es sofocado, condicionado, mecanizado, la fuente de la creatividad queda cegada y el resultado es un mundo gris y mediocre, un pueblo de hormigas y robots" (Vargas Llosa, 2018).

Por esa razón, cuando grupos radicales intentan prohibir un espectáculo bajo un supuesto de una superioridad moral o para defender una ideología, están atentando contra nuestra libertad.

Pero si mi hija o algún otro sigue dudado de esta noción de libertad y por qué es necesario defenderla, podemos recurrir al filósofo letón Isaiah Berlin quien se refirió al concepto que intentamos salvaguardar los taurinos como "libertad negativa".

Lo hizo para distinguirla de la "libertad positiva", que es la capacidad de un individuo de ser dueño de su voluntad y determinar sus propias acciones.

Para Berlin, una persona es libre si no le restringen su libertad. Si otra persona nos impide hacer algo, está obstaculizando nuestra “libertad negativa" (Berlin, 2001).

Dado que somos responsables de nuestros actos, mientras menor sea la autoridad que se ejerza sobre nuestros comportamiento, mientras más podamos actuar de acuerdo con nuestras motivaciones, aspiraciones y necesidades, sin la intervención de otras voluntades, seremos más libres. La libertad, entonces, está vinculada con la coerción, es decir, con aquello que la impide o la limite.

Esta definición de libertad es la que está detrás de las democracias en las que pueden  coexistir puntos de vista, valores y credos distintos, incluso contradictorios o antagónicos.

Esta idea de libertad es la que respeta a las minorías, la que apoya la libertad de religión, de prensa, de trabajo, y que defiende que estas voluntades deben de ser salvaguardadas porque sin ellas la vida se degrada y empobrece.

Hitler, Stalin, Castro y otros dictadores de regímenes totalitarios han estado en contra de esta noción de libertad. Para ellos, su ideología les daba el derecho a decidir lo que los individuos podían leer, creer o expresar.

Los autoritarios utilizan una interpretación perversa de lo Isaiah Berlin denominaba "libertad positiva".

Parten de la idea que una persona es libre sólo si se domina a si mismo. Cuando no lo puede hacer, el grupo al que representan (tribu, iglesia, partido o Estado) puede imponer su voluntad para "librarlos" de sus pasiones. Berlin se refería a esto como “suplantación monstruosa".

Permite a los que están en el poder no sólo ignorar los deseos reales de los individuos, sino amenazarlos, oprimirlos y hasta torturarlos (Berlin, 2001).

Voltaire, por su parte, afirmaba que el lema de los fanáticos es: "piensa como yo o muere" (Kantor, 2015).

Los jueces que en México han aceptado los amparos con los que se han suspendido algunas actividades taurinas, no sólo han incurrido en excesos judiciales, sino que están quebrantando las libertades individuales.

Al ser cómplices de ideologías radicales están atentando en forma peligrosa contra la democracia, la pluralidad y la libre convivencia.

Tal como lo hicieron los regímenes totalitarios de Stalin, Hitler o Castro, los jueces están queriendo imponer una ideología. Si el Poder Judicial no llama rápido a cuenta a esos jueces que —basados en mentiras como que la tauromaquia afecta negativamente el ambiente o viola los derechos humanos— han impedido la realización de actividades legales, dejan a los mexicanos en situación de indefensión.

Por lo pronto, este fin de semana yo viajaré a Zacatecas a defender nuestra libertad asistiendo a corridas de toros.