Amsterdam, Netherlands.- Por estos días el viejo edificio medieval de la calle Jacob Obrechtstraat 26, sede de World Press Photo se percibe una agitación inusual. Ocurre cada mes de febrero desde que se instauró el más importante premio del mundo en el campo de la fotografía en el periodismo, ciencia y artes plásticas.

El jurado independiente analiza cuáles serán las imágenes que reúnen los estándares de calidad, composición, oportunidad y profundidad que serán reconocidas y admiradas por más de dos millones de personas en todo el mundo, luego de que se conozca el veredicto en la primera mitad de abril próximo.

Pedro Pardo, el fotógrafo de la agencia Agencia France-Presse (AFP) sabe de este periodo de agitación. En el año 2012 ya obtuvo un tercer lugar en el galardón por la cobertura de que dio a la ola de violencia en el estado de Guerrero durante el periodo más cruento que ubicó al puerto de Acapulco y la alta montaña con niveles de violencia similares a los de Afganistán.

El fotoperiodista cuyos orígenes profesionales están en diarios del centro de la República Mexicana como El Universal, Síntesis, La Jornada de Oriente y hasta en la televisora TV Azteca Puebla asume el oficio como agente de cambio social.

Muestra de ello han sido los trabajos publicados en diversos medios en los que colaboró. En diciembre de 2003 fue capaz de dormir noches enteras, con temperaturas bajo cero, en la cajuela de un desvencijado automóvil Tsuru, a la espera de la resolución de un conflicto de tierras entre comuneros y pequeños propietarios por la posesión de un cerro entre los límites de Tlaxcala y Apizaco, en el altiplano del país.

El gobierno de entonces, encabezado por el perredista Alfonso Sánchez Anaya estaba contra la pared por una resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que entregó la razón a los comuneros.

El riesgo de desaparición de poderes era latente si no se cumplimentaba la orden del Alto Tribunal. El olfato del fotoreportero lo llevó a esperar paciente, como diestro cazador de imágenes, el desalojo violento llevado a cabo por granaderos, sucedido el 2 de enero.

El gobierno había cumplido con un mandato legal, pero injusto porque los desalojados habían tenido posesión de esa tierra por décadas. Pardo estuvo ahí para documentarlo.

Tiempo después, a bordo de una motocicleta, entre el tráfico de las noches previas de Semana Santa, se incrustó en una imponente marcha integrada por seguidores del culto a la Santa Muerte, en el corazón de la católica y ultraconservadora capital de Puebla.

El desfile de cientos de miles de seguidores de una deidad no reconocida por El Vaticano era un hito en la historia de una sociedad conventual y persignada. Prostitutas, mercaderes, fumadores de sustancias prohibidas y minorías sexuales llevaban sobre autos y tatuajes a la llamada niña blanca que los poblanos vieron con azoro. La lene de Pardo dio cuenta de ello.

Una tarde de viernes de verano, con temperaturas que rondaban los 40 grados centígrados dos mandos de la policial judicial de Guerrero caían abatidos por los proyectiles disparados desde las armas largas de los sicarios que los esperaban desde el arroyo vehicular en el malecón, en el corazón de Acapulco.

Pedro Pardo junto a un grupo de periodistas corrían para registrar los hechos, incluidos los halcones que reportaban a grupos delictivos en los días más violentos de los últimos años. Un mensaje a través de Nextel alertó el reportero gráfico que salió corriendo hacia otro punto del ensangrentado puerto para documentar lo que sólo una imagen podría contar lo inenarrable: siete cabezas humanas a las afueras de un centro comercial.

La nominación de Pardo es una de las 43 imágenes seleccionadas de un total de 78 mil 800 de todo el mundo. Compitió de entre 4 mil 800 fotógrafos.

La gráfica seleccionada trata del drama que viven cientos de miles de migrantes centroamericanos que intentan cruzar el bordo México-Estados Unidos en la era Trump que vio a terroristas infiltradas en la caravana migrante.

La foto no admite réplicas porque refleja el intento de cruce de un padre que levanta a un niño de edad menor, hacia su madre que monta el muro de lámina. El olfato periodístico de Pedro Pardo estuvo también ahí, para poner el fenómeno migratorio a los ojos del mundo.

El fotógrafo mexicano parece hacer maletas para cruzar el océano Atlántico hasta este lugar de libertades y participar, por segunda vez, de la ceremonia de premiación para el resultado de un trabajo de décadas en el límite del esfuerzo perpetuo por convertir en un agente de cambio las imágenes de un mundo en cambio constante.