En el concierto de voluntades para instaurar grupos que en el pasado detentaron poder, dinero y voluntades existe prácticamente de todo. Por voluntad propia o por afinidad circunstancial terminaron en el mismo grupo: irascible, intolerante y delincuencial. 

Tres nombres de triste memoria a vuelo de pájaro: José Juan Espinosa Torres, diputado por el PT; Javier Lozano Alarcón, frustrado vocero de Coparmex y los Ferriz, padre e hijo, promotores de golpes de estado para tirar el régimen presidencial de Andrés Manuel López Obrador.

No hay necesidad de juicio de valor ni adjetivo para definir su respectiva conducta pública a partir de un conjunto de medios de prueba. El legislador local fue exhibido otra vez como el acaudalado dueño de una riqueza inmobiliaria cuando en redes se filtró el cartel del fraccionamiento Residencial Montesierra.

Su nombre aparece como moroso por el incumplimiento de pago por concepto de mantenimiento, según establecen las mesas directivas de desarrollos habitacionales como el referido.

Puede ser un olvido o distracción pero esa residencia no aparece en su declaración 3 de 3 y tal vez se deba a que la propiedad no está a su nombre; o en todo caso, arrenda el inmueble, lo que ya encaja en una forma de vida que debe quedar en el ámbito privado.

Y sin embargo vuelve a ponerlo como un personaje de mala entraña, incapaz de sostener acusaciones públicas como las que ha formulado cuando tras de sí existen desórdenes que lo inhabilitan como defensor de virtudes públicas.

En abril pasado el ex priista, ex panista y ex aspirante a la vocería de la Confederación Patronal de la República Mexicana, el poblano Javier Lozano Alarcón mostró una nueva vertiente de su conducta pública. No es sorpresiva, pero sí condenable.

No sólo enseñó el desprecio que siente por las clases más vulnerables, sino su proclividad para  torcer la ley. Subrayar esa postura es pertinente pues se trató del hombre sobre quien se recayó la política laboral en el sexenio de Felipe Calderón, como secretario de Trabajo.

Escribió un tuit a las 3:02 que decía, textual: “Los mexicanos son tan ilusos y estúpidos (sic) que se creen todo lo que les decimos (...) Podemos chingar al que se siente dueño de Palacio Nacional (López Obrador)...
”Sólo basta con un billete de 500 a algún jodido y hacer una campaña de odio con nuestros bots
”, lanzó desde su cuenta de Twitter. Es probable que desde ese tuit se haya caído la posibilidad de ser el vocero del sindicato patronal, pero nadie se atreverá a confirmar la hipótesis.

Y desde luego está el caso de los Pedro Ferriz (padre e hijo). Orillados a una condición lumpen en los consorcios de los medios en la Ciudad de México, debido a posturas radicales y sus desórdenes en la vida privada llevados a le escena pública y que terminaron como promotores de golpes de estado. 

Desde luego están los otros, legítimos defensores de un régimen económico y político del que apenas sale el país, al que, argumentan, faltó tiempo para llevar a México a los indicadores de una nación de primer mundo, con un clima de libertades a prueba de toda tentación autoritaria.

Los mueve la mesura, argumentación y formas republicanas que enriquecen el debate indispensable para la construcción de un contexto lleno de conocimiento, amplio y accesible para que la sociedad en su conjunto pueda tomar la mejor decisión.

En ese segmento no estarán nunca el diputado Espinosa Torres, cuya condición morosa de una explicación coherente con la sociedad supera en mucho los 5 mil 900 pesos en el fraccionamiento en donde tiene casa; tampoco el ultra, Javier Lozano Alarcón y menos los Ferriz, convertidos en los voceros de una élite complotista y amoral, notoriamente visible.