En nuestro tiempo, la muerte es más molesta que dolorosa. El que sufre incomoda a los demás, porque se sale del contexto contemporáneo al obligarnos a replantear nuestra relación con lo efímero de la vida.

Es que hoy, sufrir no forma parte del currículo de un ser humano exitoso. Los que se mueren son unos perdedores. No quiero decir con esto, que ser exitoso sea malo, el problema está en que ya no somos tolerantes con el fracaso ni con los desencuentros, la tristeza y la muerte.

En las corridas de toros la muerte tiene un escenario. A ellas se va en busca de la emocionante belleza que provocan los conjuntos estéticos que realizan un animal fiero y un hombre. Pero, el que asiste con una intención un poco más profunda que beber cerveza, sabe que a los toros también se va a sufrir, que, de algún modo u otro, sentirá tristeza por ese animal hermoso que debe morir.

De igual forma, se sufre porque ahí se tiene consciencia de la posibilidad siempre inmediata de que el hombre o la mujer -seré políticamente correcto-, en el esplendor de su vida y exaltada aún más gracias a la magnificencia que da el vestido de oro, si las cosas salen mal, quedará ensangrentado y haciendo muecas de dolor en brazos de sus compañeros. Incluso, también se sufre en las faenas gloriosas que nos conmueven por su preciosidad, porque, en el fondo, la hondura del toreo nos llena de una intensa melancolía.

Fui al cine a ver el documental Un filósofo en la arena, las expectativas con las que me acerqué a la sala de proyección eran las de ver una encendida defensa de la tauromaquia o por lo menos, una ponderación del encanto que tienen las corridas de toros. No fue así, lo que encontré fue un accesible documental de filosofía humanista, un tratado sobre la nostalgia y una muy buena reflexión acerca de una humanidad que ha escogido las virtudes de la extravagancia y a cambio, rechaza fehaciente las molestias que provoca la muerte. “¿No es cierto que actualmente ocultamos la muerte como si fuera una enfermedad vergonzosa?” es una pregunta contundente de Wolff.

El documental va de feria en feria por varios países de tradición taurina. A lo largo de la cinta se dan conversaciones con escritores, intelectuales, artistas, escultores y políticos, que manifiestan sus opiniones en referencia a la fiesta de toros.

Desde luego, una y otra vez, con gran claridad el filósofo galo reflexiona en referencia a lo que sabemos: nuestro tiempo es el epílogo del arte fascinante del toreo. Escuchar la teoría del autor de Filosofía de la corrida, Cincuenta razones para defender la corrida de toros y Seis claves del arte de torear, atravesada además por su humanismo, es una delicia.

¿Cuáles es la enseñanza fundamental que Francis Wolff nos brinda sobre la corrida en este documental? No es, por cierto, la defensa de una tradición centenaria ni el reproche por el tesoro humanista que se va perder el día que doble el último toro de lidia.

Tampoco es un discurso sobre la protección de la libertad de disentir y a no ensañarnos contra la intransigencia de los animalistas, que se creen los dueños de la verdad y a los que, tal vez, lo que les molesta no es la muerte a estoque de los toros, sino que matarlos se haga de manera pública y no ocultos a la vista de los que comemos cerdos, reses, pollos, pescados, mariscos y demás.

Tampoco enfatiza que la muerte es ineludible y que debemos renovar el conocimiento de que siempre vivimos en su frontera. Lo que Francis Wolff y los directores de la película, Aarón Fernández y Jesús Muñoz –justo es mencionarlos- nos inculcan, es que las corridas de toros están condenadas a desaparecer y mientras eso sucede, debemos enfocarnos en apreciar la belleza que destella en sus pequeños resquicios y en las grandes faenas de la lidia contemporánea.

Esa sencilla enseñanza convierte al documental en una obra verdaderamente luminosa.