No sé a ustedes, pero a mí, me gustan mucho los amables y coloridos gordos de Fernando Botero. Sus toreros además de fascinantes, me provocan la misma nostalgia que las fotografías antiguas. Y sus jamonas, ya sean cirqueras, bailarinas o mujeres desnudas, tienen una luminosidad jubilosa y algunas, un aire muy sensual. Además, sus pinturas con colores tan llamativos me ponen de buen humor, porque cada cuadro es una fiesta.

Se preguntarán qué le ha picado al articulista que nos sale con esto. Nada, que en México, si no se es un escritor corrupto al que cualquier fruslería le parece faena cumbre y hasta las lagartijas tienen trapío, es muy difícil escribir de toros sin terminar despotricando contra toreros, ganaderos y empresarios. Así que, siendo fiel a los consejos de mi risoterapeuta y a los de mi gastroenterólogo que me estimulan a ver lo positivo de la vida, en el ABC Toros encuentro la nota de que Fernando Botero vuelve a exponer en Madrid.

La galería Marlborough es el escenario en el que  se presenta la obra reciente del enorme maestro colombiano, la colección incluye desnudos femeninos, bodegones, familias y, por supuesto, toreros. Me puedo imaginar la tremenda belleza que atesora esa exposición.

La tauromaquia de Botero es muy completa. Lances, pases, suerte de varas, derribos, banderillas, cogidas, patios de cuadrillas y más, manifiestan un profundo amor por el toreo, que él refrenda con sus declaraciones y esta vez lo vuelve a hacer en la entrevista que publica el diario electrónico. Lo que me mueve a escribir sobre este artista maravilloso es una de sus afirmaciones: “Cuando voy a algo es para ver una obra maestra a un gran museo, como al Prado, porque quiero ver pintura que me produzca felicidad y placer”.

Lejos de la opinión de intelectuales y artistas contemporáneos, que consideran al arte placentero como sospechoso -Botero mismo se queja de ello en la entrevista- yo disfruto el arte por los sentimientos que me produce, o sea, por la felicidad, el placer y la emoción.

Esa declaración es lo que me mueve a elegir el tema de esta semana. Yo voy a los toros en busca de la obra maestra y si no se da, me conformo con que haya toros-toros y verdad autentica, de ello, depende que los toreros acometan la gesta o el asunto se quede en parodia. Si no es sobre las bases de la ética, la cosa vale un pepino.

He llegado a una encrucijada y empiezo a considerar seriamente ya no asistir a las corridas de toros en México, porque lejos de gustar y parecerme placenteras, me están conduciendo a la neurastenia y al enojo crónico. No es posible tanta mediocridad junta. Aquí, es costumbre partirle la mandarina en gajos al toreo. Derribar los pilares de la vergüenza torera y burlarse de ellos está de moda. Lo peor es que lo hacemos los de adentro, los profesionales que viven de los bovinos de lidia, los partidarios con nuestra condescendencia y las autoridades que aquí regulan lo que se llama nada.

Después de haber visto a diestros descargando la suerte y pegando sartenazos; a rejoneadores dando espectáculo de circo mientras clavan fierro de manera multitudinaria a toros desarmados, a picadores disparando ráfaga con la Mg 34 y otras monerías, salgo de las plazas dándome terapia: La cosa es muy simple, ¡ya no vuelvas!. También, me recrimino: No es posible que te guste esto, por favor, mi Pepe Toño, ¡quiérete tantito!  A mí, como al genio Botero, me gusta que el arte me de placer, felicidad y que me ponga sensible. Por eso, valoro seriamente ahorrar todo lo que gasto en toros, para usarlo aunque sea yendo una sola tarde a Madrid, porque, tómenlo como quieran, va el guantazo: una mala corrida en Las Ventas vale más que todo el cortadero de orejas acumulado un fin de semana en México, de Tijuana a Mérida. Es un gran consuelo, siempre nos quedará Madrid y tesoros como la estética boterista.