Una tarde viendo una corrida, a la arena saltó un toro brocho y cornicorto, al punto, alguno de los que iban conmigo comentó: ¡qué cómodos de cabeza son los toros mexicanos! Lo dijo ponderando la morfología de la cuerna de ese bovino. Para él, eso era una virtud. En cambio, el que esto escribe, apretando los empastes y la vesícula hecha cisco, pensó que los que deben ser cómodos son los sillones, las camas, las hamacas y otros enseres, pero no los toros. El recuerdo me vino en el serial “Los toros hablados”, durante la conferencia que el viernes pasado dictó en Puebla don Sabino Yano Bretón, ganadero de Tenexac, cuando comentó que él cría toros bravos, de gran movilidad y con leña en la cabeza; que así le gustan. De que así son los toros de la divisa verde, roja y negra, y de que así se portan, doy fe.

Don Sabino Yano dijo también palabras más, palabras menos, estoy citando de memoria que la tradición manda, que ese es el tipo de toro de su casa y que seguirá por el mismo camino, intentando colocar sus corridas en aquellos carteles en los que se anuncien toreros a los que les sienta la verdad.

Me gustan las personas quijotescas, las que son fieles a su ideal, que se esfuerzan por lograr cosas que parecen imposibles. Los quijotes son épicos y atacan con bravura a monstruos descomunales. Siempre se necesitó mucho coraje para ser quijotesco, pero en la actualidad vana, en la que prima lo pragmático sobre cualquier otro valor, se requiere el coraje de un héroe mitológico para criar toros bravos, en vez de engordar bobos amaestrados.

La conferencia de Sabino Yano fue muy interesante. Habló de historia, no sólo de su ganadería, también de Tlaxcala. Es un gran conversador, pero sobre todo, escucharlo hablar de Historia de México y de toros es un privilegio; del mismo modo, tocó el tema del turismo, de la arquitectura virreinal, de que una ganadería es un santuario para las diversas especies que viven en sus tierras; del interés de su familia por reforestar sus campos.

Una tarde partida en dos, la mitad del cielo era azul y la otra de un encapotado plomizo, nubes como lomos de toros negros, Sabino y yo conversábamos sentados junto al portón de su hacienda. Desde ahí, se veía el hato de novillos que beatíficamente pastaban en uno de los potreros. Ante las hechuras de esos jóvenes, cárdenos claros casi ensabanados, bocinegros y bien armados, le dije que su casa era uno de los muy pocos bastiones de la bravura que quedan en México y que un día, los ganaderos que quisieran recuperar la casta brava, tendrían que recurrir a Tenexac. De inmediato, contestó lacónico: Eso, nunca va a pasar. 

Tiene razón, nunca va a pasar. No acudirán a él en busca de bravura, porque, por irónico que suene, en el ámbito del toreo la bravura está pasada de moda. En la actualidad, en las tientas se matan las vacas bravas y se dejan como madres a las que pecan de nobleza. Es que se ha perdido el gusto por lo auténtico y se equivocan los conceptos. Los toreros quieren torear bonito sin tener que dominar primero y ya se sabe: “Eso de torear bonito, está muy feo”, lo dijo, un torero que también semejaba ser filósofo por su inteligencia natural, Pepe Luis Vázquez, el Sócrates de San Bernardo. Hoy, que ir a los toros se parece mucho a una patada en los huevos, reconforta que exista una ganadería en la que, por encima de lo comercial, se siga buscando la bravura, la movilidad y la belleza.

Tenexac es bastión del toreo hondo que encandila y sobrecoge, del que exige oficio y lleva a los toreros a una lucha interior, esa que, entre otras cosas, los obliga a mantener los pies quietos, la mente despabilada y el corazón en un puño, que en un desplante los muestra como héroes y no como fantoches. También, es reserva que a los espectadores nos deja un sabor dulce en la boca, la memoria cargada de escenas luminosas, ciertos de que una corrida es la cosa más bella del mundo.