¿De dónde vienen esos chispazos que permiten la creación de irrepetibles obras de arte? Por ejemplo, ¿de dónde surgió la inspiración que permitió que Guillermo Capetillo realizarla aquella faena a Gallero de Cerro Viejo o a José Antonio Ramírez “El Capitán” a Pelotero de San Martín?

El filósofo francés Raoul Allier decía que únicamente lo extraordinario, lo imprevisto, lo maravilloso, lo sorprendente puede forzar a la voluntad humana a interrogarse.

De ahí me pregunto, ¿cómo es posible que, incluso en sus malas tardes, Manolo Martínez provocara el delirio de los aficionados con un simple muletazo del desdén o Curro Romero con una media? ¿De dónde le vino la imaginación a pintores como De Chirico, Chagall o Kandinsky para realizar sus cuadros?

André Breton, padre del surrealismo, decía que ni la religión ni la ciencia pueden explicar el arte.  Para él es la magia, vista como una capacidad innata del espíritu humano, la que permite conciliar y conjugar los poderes de la naturaleza y del deseo que se traducen en obras como las anteriormente recordadas.

Para Breton, la magia y el arte, en su dimensión auténtica, son sinónimos y tienen la energía para cambiar la realidad. “El arte mágico es la expresión de una necesidad inalienable del espíritu y del corazón que la ciencia, como la religión, no está en condiciones de satisfacer” (Breton, André. “El Arte mágico”. Ediciones Atalanta, 2019).

Es algo similar a lo que los andaluces llaman “el duende”, que alude a la interpretación subliminal de la tauromaquia, el baile o el cante. Para ellos, estas manifestaciones transportan al artista a una experiencia que implica tocar el fin de la existencia. García Lorca explica que la obra de arte inspirada por el duende nos comunica la esencia del mundo.

En la conferencia “Juego y teoría del duende”, Federico García Lorca cita a Goethe para explicar el duende: “Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”. Cuenta que un viejo maestro guitarrista le confesó: “El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies”. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo, de sangre, de viejísima cultura, de creación en acto.

Para García Lorca no hay mapa ni ejercicio para buscar al duende: “Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún.”

El teósofo Jakob Böheme decía que la magia no es más que una voluntad:  “Y esa voluntad es el gran misterio de toda maravilla y de todo secreto; opera por el apetito del deseo del ser”.

Para García Lorca, esta magia o duende no llega si no se ve posibilidad de muerte. Por eso en los toros adquiere sus acentos más impresionantes porque el torero “tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta”.

La magia y el duende son una aventura del espíritu. Expresiones artísticas como las de Capetillo, El Capitán, Chagall, Manolo Martínez, Kandinsky o Curro Romero, lejos de haber sido trazadas por el capricho, revelan una necesidad interior sentida de forma sumamente intensa.  Son, en palabras de Breton, la liberación sin condición del espíritu en el mejor de los sentidos.

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