Julio Berdegué habla con seguridad. Sube a estrados. Mira cámaras. Su reciente frenesí mediático nos permite conocer qué piensa. Dice que no se puede separar la política del campo de la política social. Dice que eso es pensar como en el siglo XIV. Lo dice así, sin reírse, sin rubor, con la seguridad de ser el secretario federal de agricultura. Como si no supiera. Como si no supiera que eso que niega es justo lo que muchos, con más verdad que romanticismo, llevan años diciendo. Que el campo no puede ser solo la última parada de los pobres. Que todo sembrar es industria.

Pero él no puede decir eso. No puede contradecir a la presidenta o ir contra esa idea fija, clavada como clavo en la frente de muchos en la izquierda: que el campo es tierra sagrada. No negocio. No empresa. No una fábrica de alimentos. Sino el lugar donde vive el alma del pueblo. Una idea bonita. También falsa. Muy falsa.

Julio lo sabe. Porque viene de otro lado. No nació en esa idea. Su padre vino de lejos, exiliado sí, pero encontró en México una oportunidad. Hizo industria. Pescado, marisco, empacadoras. En Sinaloa, Mazatlán. Dinero. Trabajo. Escaló en los organismos de pesca, consentido gubernamental. Fue parte de esa clase que convirtió recursos en riqueza. Que modernizó. Que metió orden, a veces no tanto. No fue parte del campo romántico que ahora Julio defiende. Fue parte del país que quiso ser próspero a través de la agroindustria.

Eso lo hace doblemente deshonesto. Porque no solo defiende una mentira. Defiende una mentira en la que no cree. Habla como si nunca hubiera olido una fábrica. Como si no supiera lo que es mover dinero, organizar gente, vender en volumen. Como si todo eso fuera vulgar. Lo niega porque le conviene.

También miente cuando dice que las grandes empresas agroalimentarias son el problema del campo. Que son explotadoras. Es una historia fácil de contar. Una que suena bien en los mítines. Pero falsa también. Porque la verdadera tragedia del campo mexicano no está en los sueldos bajos. Está en la ausencia de sueldos.

Seis millones de personas trabajan sin salario la tierra nacional. Lo hacen por costumbre. Por necesidad. Por ser quienes son. Lo llaman tequio. Lo llaman milpa familiar. Pero es otra cosa. Es feudalismo y sumisión. Es trabajo forzado por amor. Por miedo. Por no tener más oportunidades.

Y sigue. En radio, en tele, en podcasts, dice que el gobierno va por el millón doscientos mil pequeños y medianos productores. Es un número bonito. Redondo. Apostólico. Pero no es cierto. Hay el doble. El triple si uno es honesto. Casi seis de cada diez terrenos en México tienen dos hectáreas o menos. Gente que siembra para sí misma. Que a veces ni eso logra. No producen para el país. Apenas producen para comer ellos mismos. El secretario los apapacha verbalmente diciendo que son los «sin excedentes para el mercado».

Y sin embargo, se repite que ellos nos dan de comer. Que ellos sostienen la nación. Que sin su maíz, sin sus frijoles, sin su chile, no habría México. Otra mentira. Una más. Entre todos, los pequeños, apenas producen el 13% de lo que se produce. No lo que se come. Tres millones de personas generando casi nada. Porque no tienen tecnología, capital o tierras. No tienen acceso a mercados. No tienen cómo competir. Lo que siembran no siempre se puede vender. No siempre sirve. No siempre llega.

Y entonces Julio dice que el país es autosuficiente en maíz blanco. Que no hay problema. Que todo está cubierto. Otra vez, no es cierto. Este año será el peor en más de veinte. No hay lluvia. No hay cosecha. Sinaloa está seco y a la mitad del potencial de siembra. Pronto se tendrán que importar entre 500 mil y 3 millones de toneladas, casi todas ellas indudablemente endemoniadamente transgénicas. Dependerá del clima. Del suelo. De la suerte. Pero ya no del gobierno.

Julio Berdegué sigue hablando. Habla como quien lanza migajas al estanque y observa, divertido, cómo los peces salen a la superficie a pelear por ellas. El campo profundo, ese gran cardumen olvidado, sigue muriendo con la boca abierta. El pez muere por la boca. Pero no es por hablar mucho. Es por morder lo que parece alimento y resulta trampa. Por confundir el brillo del metal con el fulgor del sustento.