Era como si alguien me dijese: “Despierta, haragán, la luna ya está cansada, tiene sueño, ha estado en vela toda la noche y se le ve un dejo de pálida melancolía; es más, no sé por qué me recuerda a tu abuela cuando te daba la bendición antes de que salieras rumbo a tu escuela. Sí, era una mirada triste como la luna triste; siempre contigo pero melancólica y lejana, como de “hasta pronto”, como de aunque no me veas, siempre estaré contigo, contándote historias mientras el sueño baila entre las sábanas”.

Abrí los ojos, la luz del sol dibujaba una rayita horizontal dorada en las cortinas de mi recámara. Vino a mi mente aquella voz que me había dicho “despierta haragán” y sentí escalofrío, porque no había nadie más en mi cuarto; sin embargo, no sé cómo, ni por qué, sostenía en mi mano la “piedrita de la buena suerte” que había recogido de entre los durmientes de madera del tren que, en aquel entonces, iba a Cuernavaca.

Por más que lo intenté no pude recordar haber sacado “mi piedra de la buena suerte” de la caja donde guardaba mis tesoros, sin embargo, sí recordé la mirada triste de mi abuela; una mirada que arropaba mi alma con cálida melancolía, amorosa y sabia, como de luna, minutos antes de desaparecer envuelta en un beso de oro del sol que dibuja rayitas sobre las cortinas de mis sueños que perduran a pesar de la tozudez de los años.